Ojalá

miércoles, marzo 29, 2006

Pasamos el día con Monique remoloneando en la habitación del hotel hasta las siete de la tarde. En un restaurante del centro de Kiruna nos encontramos a cenar con Amadeo y un amigo que se ha hecho. Un sueco de unos treinta años que habla castellano bastante bien aunque conjuga mal los verbos y la pifia en los artículos. Vivió en Centroamérica con sus padres durante su infancia; usa lentes y tiene una sonrisa muy divertida.
Monique se ha puesto un vestido negro y lleva un cinturón psicodélico que le rodea la cintura. Son unos ojos de cerámica, pintados con esmalte verde, amarrados a una cadenita de metal. Comemos sopa de pescado y ensalada de papas. Durante la cena recibo el llamado de Olof. Mañana nos encontraremos en su despacho. Tiene novedades importantes de Arañita.
Más tarde seguimos la sobremesa en la habitación. Johan, el amigo de Amadeo, toca la guitarra mientras las cervezas van y vienen. Estoy sentado en el piso, la espalda apoyada contra la pared, relajado; en la otra punta de la pieza, Monique fuma y canta con Johan que se sabe un par de canciones de Silvio Rodríguez; Amadeo dibuja alguna cosa despatarrado sobre el almohadón. La escena me hace acordar de pronto a las reuniones en casa de mi hermano, esas comilonas con sus compañeros de facultad, artistas, estudiantes de filosofía, cosas que entonces eran para mí tan raras… me sentía ajeno a todo eso y a la vez fascinado por algo que no podía entender. “Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan” cantan Johan y Monique y sus acentos de español atravesado le dan a la canción una belleza especialísima, “para que no las puedas convertir en cristal”, me parece mentira ser parte de todo esto, de esta noche acá, de aquellas noches en casa de mi hermano, —Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo—, Monique se ha equivocado en una palabra y con Johan ríen por el pifie, —Ojalá que la luna pueda salir sin ti—, ojalá que esta sensación dure por siempre, —Ojalá que la tierra no te bese los pasos—, ojalá que esta noche dure por siempre.

...
¿Es para mí?

¿Es para mí?

martes, marzo 28, 2006

Me acerco a Monique. Estoy por decirle unas palabras melosas pero prefiero susurrárselas después. Chocamos los vasos y sonreímos en un brindis silencioso. Emma y Lars lavan los platos. Despatarrados sobre el piso, los niños dibujan con lápices de colores. Son las dos de la madrugada.
Las yanquis y Paralopus son los primeros en despedirse. Intercambiamos mails. Prometemos seguir en contacto. Saludan al resto y desaparecen por la puerta.
Olof se acerca: —Tengo la declaraciones de Wong y Hauna —dice y me extiende una carpeta. Recibo los papeles mirando su cara regordeta —la barba de dos días, se rasca el pelo corto— y pienso que si no fuera por este tipo quién sabe cómo terminaba el asunto: —Gracias —le estrecho la mano con fuerza.
—Mañana lo llamo —me dice mientras se calza el gorro y los guantes— Tengo novedades, una nueva pista sobre Arañita.
—Hecho, colega —contesto y lo saludo a la distancia con la mano.
Los niños vienen a despedirse: —Ya es hora de ir a la cama —anuncia Emma, nos agachamos para recibir los besos tiernos. Entonces Daniel le extiende un papel a Amadeo: —¿Es para mí? —pregunta y le tiembla la voz de la emoción. Daniel asiente con la cabeza. Me acerco a chusmear…






Ojalá
Mariposa blanca

Mariposa blanca

Sobre una mesa lateral hay fuentes con ensaladas y pescado al horno. Cada cual se sirve lo que quiere y comemos en la mesa central, al costado del hogar a leña que arde en chisporroteos anaranjados.
Estoy sentado frente a Monique, Amadeo a su derecha, al lado de los niños que no dejan de preguntarle cosas y hacerle morisquetas. Wiona, Paralopus y Melinda comen en silencio; en la cabecera, Olof acaba de terminar su plato y bebe cerveza flanqueado por Emma —está regañando a los niños— y Lars, el plato a medio comer, los codos apoyados sobre la mesa, las palmas sosteniendo el mentón.
Con el tenedor doy unos golpecitos a la copa de vino y el tintineo agudo acalla a todos. Me paro. Alzo la copa hacia la gente y arranco: —Propongo un brindis —no sé como seguir, se me atragantan las palabras; la imagen de Aki me ha tomado el corazón por asalto: capullo en flor, cuanta crueldad: —Propongo un brindis por la hospitalidad de Lars. Por la confianza ciega del colega Olof —me tiembla la voz, veo el cuerpo de la muchacha china echado sobre el piso: —Por la memoria y el descanso en paz de la joven Aki: Mariposa blanca, volaste al cielo lejos de tu hogar.
Contengo el llanto en la garganta. Todos asienten en silencio y alzan las copas. “Nobleza obliga”, pienso, mientras me acerco al griego y a las yanquis: —Me equivoqué con ustedes —lanzo la disculpa apretando los labios.
Paralopus acepta mi abrazo: —No es nada —contesta. Las yanquis me saludan con una sonrisa amable. Todos se han puesto de pie. Señalo a Amadeo: —Y por el olfato atento de mi amigo, único responsable del esclarecimiento de esta salvajada.
Estalla un aplauso que se prolonga y esa reacción espontánea de todos quiere ser festejo y exorcismo. Nos abrazamos. Con ese ritual queremos sacarnos de encima la locura, espantar a la muerte, borrar la maldad.
Los niños nos miran asombrados. No se han movido de su sitio. Veo a la pequeña Åsa, sus buclecitos rubios; y a Daniel, peinado taza, la boca abierta: abrazado a su hermanita, señala al padre. Lars lagrimea en un rincón, mirando el piso, el vaso de cerveza apretado entre las manos.

¿Es para mí?
Charla de café

Charla de café

lunes, marzo 27, 2006

Un cafecito caliente nos entibia, sentados en círculo, alrededor de una mesita ratona. Emma y los niños se han ido a la cocina. El fuego arde en el hogar.
Miro el termómetro: veintidós grados bajo cero; a través de la ventana adivino la nieve, el lago congelado, la sombra y el contorno de los pinos blancos. Miro al griego. Su perfil recto, el pelo crespo y largo; tiene puesta una camisa amarilla con un estampado de palmeras y bananas rojas, un par de botones desabrochados. Abraza a Wiona por sobre el hombro. Habla en inglés con Melinda.
—Disculpa —llamo la atención de Paralopus: —¿Por qué fingías no hablar inglés? Eso me tiene desconcertado.
El griego sonríe y besa a Wiona, se inclina hacia mí, apoya las manos sobre las pantorrillas: —Es largo de explicar —se endereza sobre el sillón, la frente alta: —Me resisto a hablar en inglés por principios. En Mikonos trabajaba con turistas. No tenía alternativa… también por amor puedo hacer una excepción —vuelve a besar a Wiona—. Es una forma de resistencia. Nunca me ha caído bien la política imperialista inglesa ni la de sus hijastros de América.
Melinda frunce el seño y habla con voz de pito: —No entiendo bien lo que dices, pero suena a terrorista. Wiona, tu chico me da miedo.
Wiona sale al cruce: —Sí. Mi Paralopus —le rodea la nuca con los brazos, lo mira a los ojos— me ha secuestrado el corazón —besa al griego largamente.
—Espero que no lo haga volar en mil pedazos —bromea Melinda.
—Respeto su postura pero me parece que exagera —aporta Olof que ha escuchado todo en silencio: —Trasladar a todo un pueblo las decisiones de unos pocos.
—Pero si ellos no se hacen cargo de sus dirigentes, ¿quién entonces? —retruca el griego—. El que apoya a un asesino es cómplice de asesinato. El bienestar que disfrutan está basado en la muerte de los otros.
—Es fácil decirlo. Los pueblos suelen ser las primeras víctimas de sus propios gobernantes. La alianza debe ser entre los pueblos, sin importar sus nacionalidades —opina Monique—. Su postura cierra toda posibilidad de diálogo entre los pueblos.
—Ay. Basta ya. Cada vez estoy más confundida. Por qué no charlamos de otro tema más divertido —se enoja Melinda y aprieta los puños sobre la falda.
Olof vuelve a intervenir: —Estoy de acuerdo en resistir. Pero también hay que saber aprovechar lo positivo. Si no habláramos inglés, ahora mismo no podríamos estar intercambiando ideas.
Quedamos en silencio. Paralopus se inclina hacia mí: —Pasemos a otro tema, entonces. Tengo una pregunta para hacerle —me mira a los ojos: —¿Qué diablos hacía esa cámara dentro del muñeco de nieve?
—Pregúntele a Amadeo —contesto—. Él le va a explicar mejor.
Amadeo está charlando con Lars pero cuando escucha su nombre se calla y nos mira. El griego repite la pregunta. Antes de empezar a hablar me interroga con la mirada, le hago un gesto afirmativo.
—Estamos persiguiendo a un ladrón. Por eso estamos acá con mi jefe.
—Eso ya me lo han contado. Pero: ¿Y la cámara? —retruca Paralopus.
Amadeo toma un sorbo de café: —Tenía miedo de que se apareciera en las noches. Mi jefe está publicando todo lo que hacemos por Internet. Yo no estoy de acuerdo con eso. Ya se lo dije. Me daba miedo que el Arañita leyera su cuaderno de notas. Con esa cámara espiaba de noche. Le había puesto un cable que iba por debajo de la nieve y había una pantallita escondida en el cobertizo. Me lo callé todo porque si llegaba a contárselo a Aristóbulo me iba a tratar de loco. Como siempre. ¿O no?
—Siempre es igual —contesto mirando a Paralopus y señalo a Amadeo—. Actúa por su cuenta y se manda tremendas macanas —hago un silencio—. Esta vez le salió bien de carambola —concedo.
Amadeo se regodea en su sillón, inflado del orgullo como un escuerzo. Daniel y Åsa vienen corriendo y se le tiran encima, lo tironean del brazo. Emma nos llama a comer.

Mariposa blanca
Parece que sonríe

Parece que sonríe

Con Monique y Amadeo somos los primeros en llegar a la cena en la cabaña. Lars nos recibe en la puerta con su esposa y sus dos hijos pequeños: “Gracias por venir”, ha dicho, “necesitaba que vengan”, me abraza con fuerza, saluda a Amadeo y a Monique con la mano. A su costado, Daniel y Åsa, nos estudian con sus ojitos azules, debajo de los flequillos rubios, los cachetes colorados. Nos saludan tímidamente, escondidos entre las piernas de Emma, la mujer de Lars, que nos dedica una sonrisa amable y un apretón de manos.
Miro hacia la casucha del sauna; dibujo en mi cabeza las ondulaciones blancas sobre el techo; la calidez fantasmal saliendo por la puerta abierta… “¿Entramos?”, propone Lars. Monique ha alzado a Daniel; la pequeña Åsa le habla a Amadeo y lo toma de la mano. A los diez minutos llegan Melinda, Wiona y Paralopus. Todavía nos estamos saludando con abrazos silenciosos, cargados de simpatía y respeto, cuando golpean la puerta.
Olof entra y se saca el gorro. Alza la vista y se nos queda mirando. De pie, en silencio, pestañea. Parece que sonríe, y en una mueca que es mezcla de orgullo velado y cariño, se frota el pelo corto como un abuelo enternecido frente a sus nietos revoltosos.

Charla de café
Siluetas coloridas

Siluetas coloridas

La cámara infrarroja ha grabado las imágenes de la noche fatídica. Basándose en las mínimas diferencias de temperatura, la cámara compone los contornos y rellena las figuras con colores según el calor que emiten: las partes más calientes, entre el blanco y el gris; las templadas, entre el anaranjado y el rojo; las más frías, entre el azul y el celeste.
La imagen se proyecta sobre la pantalla y cuesta, al principio, acostumbrarse a la extraña composición de colores. Arriba, a la izquierda, figuran la fecha y la hora de la filmación.

Date 17-03-06 Time 23:08:12
Dibujada en anaranjado con mezclas de rojo, se ve el contorno de la casucha del sauna. Sobre el techo, el aire caliente que sale por la chimenea ondula en blanco. El lago congelado, el sendero y los árboles, se contornean en la gama del celeste.

Date 17-03-06 Time 23:11:21
Siete siluetas anaranjadas salen de la casucha y vienen caminando hacia la pantalla. Los contornos de los cuerpos palpitan, en una mezcla que va del rojo al amarillo. Las siluetas de los cuerpos y la manera de andar permiten reconocer a cada persona: están Aki y Wong, Hauna, Melinda y Monique, Amadeo y yo. Avanzamos en hilera. Se escuchan gritos; una conversación confusa en inglés, chino y castellano. Se distingue el contorno del cuerpo de Wong lanzando una patada voladora. Las figuras se enredan en una mezcolanza indescifrable. Luego se alejan y salen de la imagen.

Date 18-03-06 Time 00:05:11
La imagen muestra la casucha a lo lejos con contornos anaranjados. El aire cálido que sale de la chimenea ya no es tan blanco como al principio, ahora ondula en contorsiones grises. No se los ve, pero se escuchan las voces de Wong y Aki que recitan, una y otra vez, un mismo canto en chino. Por el volumen se deduce que están muy cerca de la cámara. Debajo de la pantalla de cine, un visor digital muestra la traducción:
Maldije a la lluvia que azotando mi techo no me dejaba dormir.
Maldije al viento que me robaba las flores de mis jardines.
Pero tú llegaste y alabé a la lluvia. La alabé cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero tú llegaste y alabé al viento, lo alabé porque apagó la lámpara.


La frase se repite constantemente. Las voces suben y bajan en un contrapunto delicado. El rezo es interrumpido por la voz de Amadeo que asegura saber cuál ha sido el problema con el sauna.
Se oyen festejos y risas. Luego las siluetas coloridas de Wong, Aki y Amadeo que se alejan hacia la casucha del lago. Caminan lentamente, en hilera, hasta que entran al sauna.

Date 18-03-06 Time 01:43:54
Se ve el contorno de la casucha; el aire caliente que sale por la chimenea ha vuelto a ser de un blanco inmaculado indicando que el calor ha aumentado dentro del sauna. La imagen se sostiene un minuto hasta que la puerta se abre de golpe y una silueta salta fuera. El calor que sale por la puerta emite unas ondulaciones blancas que parecen acariciar la silueta de Amadeo contorneada en anaranjado. Por los gestos se deduce que está hablando por teléfono celular. Charla unos dos minutos: se escucha un murmullo pero no se alcanzan a distinguir las palabras. Vuelve a entrar al sauna. Al minuto sale y viene caminando, rápido. Se detiene y mira a cámara. Saluda con la mano y desaparece de la imagen.

Date 18-03-06 Time 02:14:29
Se ve el contorno de la casucha. El aire caliente que sale por la chimenea sigue emitiendo ondulaciones blancas. De golpe se abre la puerta del sauna y Wong salta fuera. Cierra la puerta. Viene avanzando con paso lento hacia la cámara. Se tropieza y lanza unos gruñidos. Pasa de largo. La imagen del sauna, solitaria, se sostiene unos minutos. Entonces reaparece en escena la silueta de Wong ahora de espaldas, caminando por el sendero de vuelta hacia la casucha. Lo acompaña la silueta de Hauna; caminan a la par, apresurados; Wong lleva un objeto que tiene la forma de una botella y se contornea en azul en su mano izquierda. Los dos entran al sauna.

—¡Qué es esta broma pesada de dibujos animados! —grita Hauna en la oscuridad del cine. Dos policías se le acercan y lo invitan a sentarse. Wong se ha puesto de pie y lanza una andanada de gritos y frases incomprensibles. Sacude los brazos y se necesita la ayuda de varios uniformados para contenerlo.

En la pantalla la escena continúa: Nadie ha salido del sauna. A las dos y cincuenta la puerta se abre de golpe. Wong y Hauna corren por el sendero: Wong es más rápido, Hauna avanza a los tumbos. Vienen hacia la cámara. Pasan de largo y desaparecen de la imagen.

Hauna se ha vuelto a poner de pie en la oscuridad del cine, tartamudea: —Esto…, esto… —dos policías lo arrastran fuera de la butaca. Se resiste. Wong, en cambio, se deja llevar del brazo, los hombros caídos, mira el piso y gimotea como un perro herido.
Cuando Hauna pasa frente a mí, forcejea y se saca a los policías de encima. Se me viene al humo. Me paro y lo cuerpeo, está rojo como un tomate. Los policías lo vuelven a agarrar y se lo llevan. De espaldas, escoltado por los policías, va desapareciendo en la penumbra del cine y la sombra de su silueta se confunde con la silueta de Lars sobre la pantalla, anaranjada, palpitante, que avanza con paso lento hacia el sauna. El reloj marca las cuatro y media de la madrugada cuando entra. Al minuto salta fuera: el aire caliente que sale del sauna dibuja ondulaciones blancas que parecen dedos, o tules finos que se agitan con el viento.

Parece que sonríe
Una reverencia

Una reverencia

Al mediodía, antes de salir de la cama, leo la declaración de Amadeo; me visto y al rato avanzo por el pasillo hacia la sala de proyecciones, con paso decidido, del brazo de Monique, entre los flashes de las cámaras y las preguntas que los periodistas lanzan al aire como moscas. Saludo a la multitud con la mano. Entramos a la sala.
Es un cine chico, con unas veinte filas de butacas de pana gris. En la del fondo está Amadeo, escoltado por dos policías: aunque tiene las manos esposadas, alza los brazos para saludarme. Está sonriendo como un nene grande, la sonrisa buena, alegre de volver a verme. Le sonrío con ganas y alzó los brazos.
Las tres primeras filas están ocupadas por inspectores, peritos, oficiales. Olof nos invita a sentarnos a su lado. Nos acomodamos en los asientos. Miro hacia atrás. Tres butacas más allá se encuentran Hauna y Melinda; detrás, Paralopus y Wiona.
“¿Cuál es el programa?”, ironiza Wiona, “¿Intriga internacional? ¿La noche de las narices frías?”; “Este cine es un desastre”, se queja Melinda, “no he podido comprar palomitas de maiz”; “¿Qué es esta fantochada de cinematógrafo?”, grita el belga, señalándome con ira, “¡siempre dije que esos dos eran los culpables!”. No le contesto, seguro de mi victoria, el ancho de espadas en la manga. “¡Yo no fui!”, alcanza a gritar Amadeo antes de que el policía pegue un grito llamando al orden sobre la mezcolanza de gritos que se ha hecho.
El silencio sepulcral coincide con la aparición de Wong. Escoltado por dos médicos de traje blanco avanza con la mirada perdida, retacón y flacucho, como borracho. Todos nos ponemos de pie de manera automática en una especie de reverencia litúrgica. Se sienta en la primera fila, en la punta más alejada, rodeado por médicos y policías. Recién entonces volvemos a sentarnos. Se hace la oscuridad. Y el proyector lanza su luz sobre la pantalla blanca.

Siluetas coloridas
El golem de nieve

El golem de nieve

domingo, marzo 26, 2006

Tras una curva pronunciada salimos del bosque; el lago congelado nos sorprende con su inmensidad blanca y su cielo abierto como si desde una capillita oscura hubiéramos salido a pleno día. Es noche cerrada y las nubes cubren el cielo por completo.
El haz de luz del farol rebota contra el hielo desnudo. El llano total del terreno me permite acelerar al máximo; entonces empiezo a sentir la presencia del agua bajo nuestros pies, debajo del metro de hielo. Y aunque sé que es imposible que se quiebre esta corteza helada, la idea es especialmente aterradora cuando estamos en medio del lago.
Me parece ver algo que se mueve a lo lejos; la sombra de un animal con forma de caballo desaparece al galope; Monique grita y señala con el brazo hacia la derecha. Giro y alumbro en esa dirección: la casucha de madera del sauna se alza sobre el lago congelado como una presencia imposible: alumbrada por la luz del farol se agranda a medida que nos acercamos. Apago el motor. El silencio que se ha creado me exaspera: tengo el ronroneo del motor grabado en la cabeza.
Estamos a oscuras aunque una luz débil parece surgir de la nieve. Prendo la linterna. Tomamos el sendero que se aleja del lago hacia la cabaña. “Los han dejado en libertad, aunque todavía no pueden salir del país”, me comenta Monique. “Quiero asegurarme de que no haya alguien dentro”, contesto y entramos a la cabaña oscura. Con la linterna alumbro los muebles cubiertos por plásticos negros. Luego de recorrer el living, la cocina y el baño, el silencio de la casa se quiebra con nuestros pasos en la escalera. Luego de comprobar que la segunda planta también está vacía, salimos y nos paramos frente a Popi. Con el círculo de luz de la linterna voy recorriendo su cuerpo deforme: El pie derecho es más bien una pelota de un metro de diámetro; el izquierdo, un cuadrado, con cuatro ramas dispares encastradas al frente que pretenden ser los dedos; las piernas son una prolongación que no se distingue del resto del cuerpo: a modo de lavarropas con pies, el torso cilíndrico se eleva, unos cuatro metros; no tiene brazos. En la cabeza es dónde Amadeo parece haber concentrado todo su arte: una boca enorme, tallada, sonríe con unos dientes de pequeñas piedras desperdigadas en el hueco; una zanahoria hace las veces de nariz y sobre la cabeza, unas ramas de pino clavadas dan la impresión de ser frondosos pelos parados. Los ojos son dos bóvedas negras, cavadas en la cara.
El cuerpo está orientado hacia la casucha del sauna que se alza a unos diez metros de allí, y es cierto que “Popi vio todo”, como escribió Amadeo, pero no creo que este golem de nieve vaya a decirme una palabra.
Monique recorre el monstruo con ojos curiosos. Se ha arrodillado a recoger una rama que yace a un costado, cerca del pie izquierdo. Alumbro otra vez los ojos y ya estoy por mover la luz de la linterna hacia la boca cuando reconozco algo extraño en la forma en que la luz rebota en el hueco del ojo izquierdo. “¿Ves algo raro ahí?”, los dos contemplamos en silencio: es como si en lugar de meterse dentro del hueco, la luz se transformara en una pequeña pupila vidriada.
Entramos a la cabaña y entre los dos cargamos una mesa que ubicamos frente a Popi. Me trepo y quedo a la altura de su cara. Alumbro de lleno la cavidad; meto el dedo y siento una superficie dura. A medida que aparto la nieve con cuidado va surgiendo un objeto negro. “¿Qué es?”, pregunta Monique desde abajo. No hace falta que conteste: saco los últimos restos de nieve, alzo la pequeña cámara y se la enseño. Dirijo el lente hacia ella: en la pantallita digital veo el rostro desencajado de Monique, se lleva las manos a la boca; debajo de su imagen, en caracteres digitales, aparecen el día y la hora.

Una reverencia
Un ronroneo en el bosque

Un ronroneo en el bosque

El artefacto avanza con suavidad sobre la nieve, como si flotara. La luz potente del foco me va mostrando el camino en la oscuridad del bosque. Siento el cuerpo de Monique apretado con fuerza a mi espalda.
El sendero serpentea entre los árboles, es angosto pero fácil de seguir: las marcas de otras motos me van guiando; el viento helado sólo me enfría los cachetes —los siento duros como piedra—, el resto del cuerpo es un calor agradable gracias al traje, el gorro, las antiparras y los guantes.
Acelero en las rectas y luego de agarrar dos o tres lomas le tomo el gustito a los saltos en el aire. Cuando hay cuestas empinadas acelero al máximo; el motor es potente y la moto sube despacio pero firme; en las bajadas, suelto el acelerador y me prendo al freno.
Los troncos de los pinos, hundidos en metros de nieve, pasan a los costados como sombras fugaces; sólo se ven las copas que aparecen un segundo y luego se van. La primera encrucijada me toma de sorpresa: el giro es brusco, la moto se ladea y por poco nos pegamos contra un pino; inclinamos el torso hacia la derecha, todo el cuerpo fuera de la moto y recobramos el equilibrio; acelero; avanzamos por una recta sin lomas, “¿cómo estás?”, le pregunto a Monique, girando la cabeza un segundo. “Todo bien”, la voz me llega apenas sobre el estruendo del motor que ya se ha convertido en parte del paisaje. La recta se prolonga y de pronto el sendero vuelve a bifurcarse. Esta vez giro sin problemas y entramos en una parte sinuosa que me obliga a aminorar la marcha para tomar cada curva; cada vez que vuelvo a acelerar ya hay una curva nueva: el rugido del motor sube y baja en un ronroneo quejoso.

El Golem de nieve
Con lo puesto

Con lo puesto

Recorro la moto con la luz de la linterna: de color negro metalizado con guardas rojas; en lugar de ruedas tiene esquíes; sobre el asiento ancho y alargado hay dos trajes azules con tiras fosforescentes en el pecho —parecen trajes de astronautas, forrados por dentro con una especie de corderito negro—; dos antiparras cuelgan del manubrio.
Nos metemos dentro de los trajes con la ropa puesta, primero las piernas, luego los brazos; el cierre relámpago que va desde la entrepierna hasta el cuello sella el mameluco. “La cuestión es llegar a la cabaña, después veremos como sigue este asunto”, le digo a Monique más que nada para intentar tranquilizarla. Me mira y entre el desconcierto me suelta una sonrisa: “Parece que fueras a subirte a una nave espacial”. Nos calzamos las antiparras y los guantes. Subo a la moto. Monique se sube detrás, se abraza a mi cintura. El motor ruge con fuerza cada vez que hago girar el acelerador. En el tablero, unos indicadores digitales marcan el nivel de combustible y la velocidad. Un cuadrado luminoso marca la temperatura y la hora: veinte grados bajo cero; las cuatro de la madrugada.
Me tanteo el pecho de manera instintiva, pero me falta el arma: “Hay que arreglárselas con lo puesto”, pienso. Hago girar el manubrio un poco más y nos deslizamos fuera del cobertizo hacia el sendero nevado.

Un ronroneo en el bosque
Sin sentido

Sin sentido

“¿Qué pasa acá?, ¿dónde vamos?”, lanzo la pregunta al aire, miro a Monique. “Olof me ha enviado para ayudarte”, tiene los brazos cruzados sobre la campera roja, el rostro tenso, a la defensiva. Le acaricio la mejilla. Se distiende y sonríe. “No estamos para arrumacos”, protesta Lars, “esta puede ser su última oportunidad”, nos zarandeamos en una curva pronunciada, Lars maldice en sueco y me mira un segundo: “Debo estar loco para meterme en estos líos”, vuelve a concentrar la vista en el camino. Rezonga: “Hace una hora estaba durmiendo, mañana debo trabajar, como todos los días”. “Olof me dijo que recurra a usted”, se disculpa Monique, “le pagaremos la gasolina y un dinero por la molestia”. Lars sacude la cabeza, volantea y detiene el auto de golpe. Los faroles alumbran un cobertizo de madera que se adivina entre los árboles.
“Hasta aquí llego. Bajen”. Lars avanza dando largas zancadas. Lo seguimos de cerca hundiendo los pies en la nieve blanda. Cuesta avanzar. Lars enciende una linterna frente a la puerta del cobertizo y la abre hacia fuera.
“¿Anduvo alguna vez en una de estas preciosuras?”: una moto de nieve surge en la oscuridad, alumbrada por el haz de luz de la linterna. Niego con la cabeza. “No importa, es como si anduviera sola”, comenta y avanza hacia el artefacto.
Sostengo la linterna mientras Lars me explica el funcionamiento del aparato. Con un movimiento enérgico hace girar la llave y aprieta un botón rojo. Un estruendo de motosierra inunda el ambiente oscuro junto con un fuerte olor a gasolina. “Paremos un segundo la mano”, protesto, zarandeo la linterna buscando el rostro de Monique, “¿a dónde se supone que vamos?”. Monique se protege de la luz con la mano, rebusca en los bolsillos de su camperón; saca una hoja de papel y me la extiende: “Amadeo alcanzó a darle esto a Olof. Es una nota para ti. Parece que está en clave”.
Tomo la hoja y la alumbro con la linterna: es un formulario pre-impreso de la policía, doy vuelta el papel: allí está lo que Amadeo ha escrito; las letras tienen un trazo grueso y débil: “POPI VIO TODO”.
“¿Qué significa?”, pregunta Monique, escucho su pregunta lejana sobre el estruendo del motor. Apenas alcanzo a escuchar la despedida de Lars: “sigan el sendero angosto a través del bosque, doblen siempre hacia la derecha. No hay forma de perderse. Cuando salgan del bosque estarán sobre el lago congelado. La cabaña está en la orilla opuesta”. Siento que tengo que preguntarle algo, pero no alcanzo a reaccionar. Alumbro los rincones del cobertizo sin pensar en lo que hago, como si buscara alguna respuesta a esta locura enorme. Monique me mira, esperando una contestación, los brazos cruzados, “tranquila, todo va a salir bien”, trato de calmarla pero no me creo las palabras. “Popi vio todo”, pienso y la abrazo en la oscuridad; la luz de la linterna proyecta un círculo en el piso de tierra y alumbra nuestros zapatones negros, húmedos por la nieve.

Con lo puesto
En mitad de la noche

En mitad de la noche

sábado, marzo 25, 2006

La indignación y la bronca me han devuelto el alma al cuerpo. Paso la tarde custodiado por el policía que no me quita el ojo de encima. La enfermera me sirve la cena a las seis: un plato con pescado al horno y papas. El policía se come un tremendo estofado mientras yo como con desgano y pienso en Monique. Necesito hablar con ella, con Amadeo, que me cuente lo que ha visto aquella noche antes de irse. Necesito escapar.
Termino el plato y bebo agua de la botella de plástico. El picado de viruela sale a caminar por el pasillo.
Me levanto de un salto. Trato de abrir la ventana, pero está trabada. Se abre la puerta y entra el doctor. Me mira un segundo y me señala la cama. Atrás aparece el policía. El doctor me toma el pulso, anota cosas en un papel y se va sin decir palabra. El policía se sienta en su silla, los pies sobre la cama. Prendo la tele.
En el noticiero aparece una foto de Amadeo, un locutor habla con tono solemne. “Qué dice”, le pregunto al policía. El gandul levanta los ojos con desgano, me mira fijo, sosteniendo la mirada en silencio; vuelvo a preguntarle, no contesta. “Andate a la reconcha de tu madre”, le digo en perfecto castellano y estoy seguro de que entendió el mensaje porque se levanta, cierra la puerta, y luego de forcejear asegura mi muñeca a la cama con una esposa. Apaga la luz y la tele y se tira a dormir en un catre en una esquina. La noche se me hace interminable. No tengo sueño. El tipo ronca como una motosierra.
En medio de la noche, la puerta se entorna lentamente. La luz del pasillo se mete en la pieza, apenas un segundo y la puerta vuelve a cerrarse.
Una figura avanza sigilosa y se detiene: reconozco el pelo de Monique, el perfil de su cara; conteniendo las ganas de pegar un grito le señalo al policía que sigue roncando. Toma las llaves de la mesa y libera las esposas; salimos hacia la oscuridad del pasillo; luego, a la escalera de emergencia, a la calle, a un auto rojo que nos espera en la esquina. Lars está al volante: “Vamos por el bosque, es la única forma de que no nos encuentren”, comenta; el auto gira hacia un sendero nevado que se pierde en la oscuridad, y es como si nos hubieran tragado los árboles y las sombras de una noche nublada.

Sin sentido
Algo tengo que inventar

Algo tengo que inventar

Abro los ojos: veo un cielo raso blanco, de paneles rectangulares, separados por unas finas varas de metal. Estoy en un cuarto pequeño, las paredes pintadas de amarillo. Siento un cuchicheo en sueco a mi costado.
El policía de la cara picada de viruela habla a través de un handy. Me siento adormecido, sedado. Muevo los dedos de las manos, de los pies, un poco la cabeza; lo hago por instinto, para ver si el cuerpo me responde. Tengo una manguerita de plástico enchufada al brazo izquierdo. “Ya viene Olof. Todo está bien. Se desmayó”, informa el policía. Lo veo como a través de un velo de luz blanca.
Detrás, colgando de la pared, una foto enmarcada muestra a una mujer joven de pelo rubio, brillante, con una pollera con florcitas: camina por un sendero en el campo, lleva un ramo de flores azules apretado contra el pecho, abajo dice Sommarblommor (flores de verano); en la pared opuesta, el retrato de un señor mayor, la nariz gorda y redonda, carga un azadón al hombro, viste un enterito de jean, las manos grandotas, la mirada endurecida por el trabajo del campo.
Se abre la puerta.
Aparece Olof y al mismo tiempo desaparece el policía. Se sienta en una silla al costado de la cama. No me mira. Se rasca el pelo rubio. “Lo tienen a Amadeo”, anuncia, “está su foto en todos los periódicos. Mire”. Lanza un diario sobre la cama. No entiendo una palabra de lo que dice la nota pero se cae de maduro que estamos en problemas. “Se supone que usted también está detenido”. Revoleo el diario contra la foto del campesino y puteo con ganas, me descargo pegándole al respaldo de la cama con la mano libre.
“Póngase en contacto con Interpol Latina”, rezongo, “hable con mis superiores”. “Ya lo hice”, sale al cruce Olof, “por ahora hay que aguardar a que bajen las aguas, ganar tiempo”. “Mire colega, estoy hasta los huevos de como vienen manejando el asunto: mucha corrección, pero a la hora de los bifes, acá es la misma mierda”, estoy gritando, me sacudo sobre el colchón. Alarmado por mis gritos, el policía asoma por la puerta. Olof le hace una seña para tranquilizarlo. “Aristóbulo”, arranca, con tono calmado, “estamos del mismo lado. Entiendo lo que usted dice y lamento que se haya desilusionado. Hay algo que tiene que entender. Yo estoy de su lado. Cálmese. Es la única opción que tiene”. “Cuando alguien te dice que es la ´única opción´ es que te quiere cagar”, retruco, “siempre hay más opciones”, concluyo. “¿A ver? ¿Cuáles son esas opciones?”, me desafía con la pregunta. “No se las voy a decir. He perdido la confianza. Quiero hacer mi llamada. Quiero hablar con mi abogado”, Olof se rasca el pelo corto, mira el piso. “Entiendo”, concluye, “no lo culpo”. Se levanta: “no haga ninguna locura. Lo llamaré más tarde”, anuncia, antes de desaparecer por la puerta.
El picado de viruela aparece en escena. Me alcanza un teléfono celular. Recoge el diario del piso y se sienta en la silla a leer. Hablo con mi abogado en Barcelona: Olof ya ha hablado con él, me pide que me calme, que siga las instrucciones de Olof, ya hay una persona actuando en mi nombre. A lo sumo en dos días estaremos libres. El llamado me calma un poco. La cabeza me da vueltas como un trompo. Me siento atrapado en esa cama, loco de ansiedad…

En mitad de la noche
Todo empieza a borronearse

Todo empieza a borronearse

Lars me despierta con su vozarrón amable: “¿Se siente bien?”, junto con la voz me llega el olor a café. Levanto la cabeza. Me duele la mandíbula: he dormido con el mentón apoyado contra la mesa de madera.
Lars deja el termo y las bandejas con comida en la cocina. “¿Sabe algo de Olof?”, pregunto mientras me masajeo la cara, “me comentaron que se llevó a Monique”. Lars acaba de encender la luz. Pestañeo, molesto por el resplandor que ha invadido la oscuridad del ambiente. “Nunca me lo hubiera imaginado”, se lamenta, la mirada fija en el piso, juguetea con el pie, “esa mujer…”, sirve dos tazones de café, “parece que tiene problemas…”: hace girar el dedo índice alrededor de la oreja. El pelo blanco de Lars, como una mala profecía, es más blanco que nunca esa mañana. Se toma el café de un sólo trago y continúa: “Parece que esa muchacha estuvo internada en su país. La han llevado para una pericia psiquiátrica”. Me atraganto con el café. Lars se levanta y me palmea la espalda. “Debo irme. Hoy tengo una visita guiada al Hotel de Hielo. Un contingente de turistas. Buen dinero”, se calza el gorro y los guantes. “Cuídese”, se despide con un gesto y desaparece en la madrugada oscura.
Siento el chasquido sordo de la puerta y todo empieza a borronearse.

Algo tengo que inventar
Nada tendría sentido

Nada tendría sentido

viernes, marzo 24, 2006

Nos despedimos en el rellano de la escalera con un beso tierno, lleno de complicidad silenciosa. Duermo hasta el mediodía. Desayuno solo.
En el living, Paralopus y Wiona juegan a las cartas; Melinda se cepilla las uñas. “Qué tarde se ha levantado hoy” insinúa Wiona, sin levantar la vista de las cartas. “También la francesita” aporta Melinda con tono malicioso, “Olof tuvo que esperarla un buen rato para charlar con ella”.
“¿Charlar con ella? Si ya le había tomado declaración ayer”, me sorprendo, la pregunta me sale sola.
“Tal parece que había detalles que aclarar. Se la ha llevado en el patrullero”, informa Wiona y me mira, “no me sorprendería que esa mosquita muerta fuera la asesina”, me sonríe, con malicia, y vuelve a las cartas. Me trago el odio, escondo la confusión. Para despistar tomo el café y subo la escalera. Melinda me mira de reojo; Paralopus canturrea una melodía tonta, balbucea unas palabras en griego y los tres ríen a carcajadas.
Atravieso la habitación vacía y salgo al balcón. La cabeza me da vueltas. A lo lejos distingo la figura solitaria de Hauna: pesca, sentado sobre una piel de reno sobre el lago congelado. Popi sigue en su sitio y pienso que su figura blanca y deforme es lo único que ha permanecido intacto en esta mezcolanza delirante a orillas del lago.
No puedo digerir qué Olof se haya llevado a Monique, no tiene sentido. Me baja la sangre a los pies. Desinflado, me apoyo en la baranda, hay una duda mala y filosa que se me clava como una espina en el costado. No puede ser Monique. No ella. No tiene sentido. Pero la duda ya clavó su aguijón venenoso, va creciendo en algún lado, va subiendo. El resto de la tarde soy un fantasma que flota por la pieza. Hauna se sorprende al verme en la cama tan temprano. Hace un comentario sobre el tiempo al que contesto con un gruñido amable. Bajo a cenar cuando ya todos duermen. Atontado, escribo estupideces en el cuaderno, frases sueltas; Monique no ha vuelto, tampoco hay noticias de Olof. Me quedo dormido sobre la mesa del living, la cabeza inútil de tanto pensar.

Todo empieza a borronearse
El roce con su cuerpo

El roce con su cuerpo

Dentro de la casucha del sauna las caricias de Monique se prolongan sobre el piso de madera; mirada contra mirada, enfrentamos el frío del ambiente oscuro. Encendemos la salamandra. Las manos tomadas, boca arriba, envueltos por el calor que va tomando el aire. Nos contamos nuestra vida resumida en una noche en vela, hablamos con voz queda lagrimeando como dos criaturas. Hasta que el sol opaco aparece en la ventana y nos vamos despidiendo de la noche, postergando ese encuentro con el mundo que va a arrancarnos del rejunte de emociones, de ese pelo que ahora se esconde bajo el gorro, de esa campera roja a cuadros, de esa puerta traicionera que se abre y nos escupe hacia el lago congelado.

Nada tendría sentido
La voz de mi hermano

La voz de mi hermano

He encendido el fogón cerca de la casucha de madera. Mateo en silencio, sentado frente al lago congelado. Estiro las manos sobre el fuego. Muevo la pava entre las brasas. Me cebo un mate. El cielo despejado promete una nueva sesión de luces; por lo pronto sólo hay estrellas y una luna menguante en el centro del cielo. Cierro los ojos. El recuerdo de la voz de mi hermano es tan vívido —su manera de hablar desordenada, cantarina, sacudiendo las manos—; siento su presencia a mi costado; me resisto a abrir los ojos y encontrar el espacio vacío. Aprieto los párpados con fuerza. Aguanto el llanto… “¿Se siente bien?”; abro los ojos de golpe. En el borde opuesto del asiento largo, enfundada en una campera enorme, con gorro de lana y guantes negros, Monique me mira expectante.
“Estoy bien, gracias”, nos miramos un segundo. Fija la vista en el fuego y observo su rostro de perfil, la curva del mentón, los ojos verdes de muñeca brava relampagueando con las llamas: “Lo que dijo el otro día sobre los escritores me hizo acordar a mi hermano”, comento, después de un largo silencio, “él siempre hablaba de construir un mundo nuevo. Me hizo acordar a él”.
Miramos el fuego en silencio. Monique se va deslizando sobre el asiento hasta quedar a mi lado. El calor del fuego nos envuelve y nos aísla del frío que surge desde el lago congelado: “Soy detective”, confieso, sin mirarla, “confío en su silencio. La he observado, es usted una mujer muy especial”. Me sonríe y contesta: “Gracias por la confianza. Algo intuía en su rostro, algo que no encajaba, aunque tiene usted la mirada atenta de un escritor, siempre observando detalles. Ahora todo cierra”. Aliviado por la confesión me siento más cercano a ella. Ha aceptado mi identidad con tanta naturalidad que prefiero no hablar más sobre el tema. Volvemos al silencio, a las miradas atraídas por el fuego.
“Mi hermano era dos años mayor. Tenía veinticuatro cuando lo secuestraron. Ese mismo día yo juraba en mi ingreso a la policía”. Monique me abraza sin pensarlo y este gesto de hembra buena me da fuerzas para seguir hablando: “De chicos, mi vieja nos hablaba de ayudar a los pobres; mi viejo, del respeto al orden. Él lo entregó: “para que aprenda”, había dicho, “a pensar como un hombre de bien, trabajar y hacer lo que cada uno tiene que hacer, qué tanto ideas raras: zapatero a tu zapatos”. La traición de mi viejo me explotó en la cabeza. Casi enloquezco. Me borré a Corrientes, a lo de unos amigos de la infancia. Vivía como un ciruja en un pueblito perdido en los esteros. Me puse en contacto con un amigo de mi hermano: no sabían nada de él. A los pocos días cayeron cinco de sus amigos en mi casa. Escapaban. Estaban desesperados; a tal punto que confiaron en mí, que hasta entonces había sido el “hermano botón” de Luís. Sabían de mi crisis, pero no estaban seguros. Llegaron a mí cuando no les quedaba otra opción. Se la jugaron. Los ayudé en lo que pude. Con ellos empecé a entender a mi hermano. Los que venían a casa encontraban un lugar para tomar aire y seguir. En cada nuevo refugiado esperaba a mi hermano, en cada golpe en la puerta en medio de la noche esperaba su abrazo. Nunca llegó ese abrazo. Siempre me voy a sentir culpable de su muerte”, tiemblo como una hoja en los brazos de Monique, es la primera vez que he dicho que mi hermano ha muerto. No sé si Monique ha entendido algo de lo que he dicho, pero me sigue acariciando el pelo, lagrimea: “Conozco la historia, mis padres ayudaron a muchos latinos en el exilio…”; la miro a los ojos, la sonrisa plena, de virgencita en el altar. Nos abrazamos con fuerza. “No ha sido tu culpa” me regala Monique la frase certera, llena de piedad; y mientras miro el fuego con ojos desorbitados, y la voz de mi hermano vuelve a surgir entre las brasas, me gustaría sentir que lo que ha dicho Monique es cierto; me gustaría hablar con él, decirle tantas cosas.

El roce con su cuerpo
Llegará la noche

Llegará la noche

jueves, marzo 23, 2006

Por la tarde, acodados en el balcón, Olof me comenta por lo bajo que ya hay una docena de peritos rastrillando la zona con sabuesos. Nada se ha encontrado todavía. “Hay que esperar”, agrega; aunque apuesta por mi hipótesis, seguirá tomando declaraciones. Faltan Monique y Melinda; sospechamos que esta última también participó, al menos como cómplice; seguramente, viendo que nada raro sucediera dentro de la casa cuando Paralopus y Wiona venían a cometer el crimen. Antes de despedirse, Olof me cuenta que charló con Lars en la mañana: la noche del asesinato cenó con su familia en su casa; vive en un paraje a ocho kilómetros de la cabaña. No hay posibilidad material de que haya participado en el hecho: hay filmaciones de la policía que lo muestran manejando por la ruta hacia su casa, y luego, a las cuatro de la madrugada, cuando viene hacia la cabaña a traernos la comida.
Ya está oscureciendo cuando Monique entra con Olof al sauna, luego Melinda. El griego y la porrista no han salido de la pieza en todo el día. Hauna ha leído un rato, luego se ha distraído reparando el inodoro.
Paso la tarde en el living, cerca del fuego del hogar, tomando notas, preparándome para la vigilia nocturna: llegará la noche y esperaré que se hagan las doce, apartado de todos.

La voz de mi hermano
Lo imposible

Lo imposible

Bajo la escalera y en la cocina ya están desayunando Hauna y Monique. Conversamos de cosas triviales: del tiempo, la nieve, de la comida de Lars, sus ricos guisos y estofados de reno. Evitamos el tema del asesinato de forma deliberada, como si nunca hubiera sucedido. Charlamos despreocupadamente y eso hace que el asesinato esté latente entre nosotros; algo que no miramos, pero que nos taladra la nuca, algo de lo que no se habla, pero que palpita en nuestras bocas en cada sílaba. Noto el patético contraste en el momento en que Monique evoca entusiasmada la noche en que vimos la Aurora boreal. Me aparto de la charla, aunque sigo compartiendo la mesa, la mirada perdida en la taza de café.
Cada año, cuando se acerca esta fecha, pasa algo que me descoloca. Aunque ya me he acostumbrado a esta increíble “casualidad”, no dejo de asombrarme; con precisión pasmosa, cuando se acerca el día que he elegido para recordar a mi hermano, algo importante sucede en mi entorno: una muerte, una mudanza, a veces una ruptura, un quiebre con algo; otras veces, algo que comienza o un encuentro inexplicable. Siempre.
Cada vez que llamo a mi madre, algo en mí sigue esperando que me diga lo imposible: casi puedo oírla, su voz quebrada de emoción, ya vieja. Pero a veces atiende mi padre y entonces corto, de un golpe; otras veces, me quedo escuchando su voz gruesa, ya gastada: “Hola, hola, ¿quién es ahí?, hola...”, se calla entonces el viejo, se queda callado, no cuelga, y el auricular me tiembla. Sabe que soy yo. Con ese silencio lo saludo. Es lo más que me permite el odio que desde hace treinta años me separa de él. Mientras en el auricular mi viejo respira y calla, espero que su voz ya vieja diga que se ha arrepentido de la traición... “Hey Aristóbulo, qué opina usted de las sopas guisadas de Lars. ¿Verdad que son increíbles?”, Hauna me trae de vuelta a la pieza. Asiento sin una palabra. Me disculpo y salgo de la casa.

Llegará la noche
Agua negra

Agua negra

miércoles, marzo 22, 2006

Luego del almuerzo aparece Olof. A través de la ventana lo veo venir por el sendero nevado; gigantón encorvado, el paso bamboleante, se rasca el pelo corto y rubio, casi blanco. Irrumpe en el living: “Aristóbulo García, su turno para declarar”, la parodia le sale tan bien que me siento intimidado por el tono marcial. Caminamos en silencio hacia la casucha del sauna.
“Todo se complica”, se lamenta con tono doliente sin levantar la vista del piso, “Amadeo llamó a la seccional Kiruna, pidió hablar con usted. Le ha dicho al comisario que no entiende por qué no seguimos con el Operativo Araña Congelada” —el nombre de Arañita me ha sonado lejano, casi desconocido—; tengo los ojos clavados en el cuadrado de agua donde se ahogara la muchacha.
“El comisario le fue sacando datos. Lo están buscando, es cuestión de horas. Se nos acaba el tiempo”. Levanto la vista y lo corto en seco: “Tengo una explicación para esta salvajada”, el gigantón me mira, impertérrito.
“Según ha declarado el guía de la agencia de turismo, dejó a Paralopus y Wiona a las seis de la tarde en un lugar a cinco kilómetros de aquí, en una tienda de campaña, con provisiones para la noche. Los fue a buscar en trineo, al mismo lugar, a las once de la mañana del día siguiente”, me detengo un segundo; Olof aguarda, expectante: “El asesinato fue a las tres menos diez de la madrugada. Tuvieron tiempo de sobra para hacer el trayecto a pie, asesinar a la chica y volver a la tienda”.
“Lindo cuento”, interrumpe Olof, “lástima que no tiene sentido: para qué querrían asesinarla esos dos”. “El chino” replico. Olof sacude los brazos y arremete, los cachetes más colorados que nunca: “¡Está desvariando, Aristóbulo! Wong también ha sido atacado y ahora mismo sigue en el hospital. Casi muere por el exceso de cloroformo”.
“Patrañas para distraer la atención”, lo corto en seco, “un crimen por encargo. Para que no se dude del chino, acuerdan que el griego y la porrista lo dopen junto con su esposa. El guía que recoge a la pareja en la mañana les sirve de coartada. En unos meses, cuando todo pase, el chino les paga el trabajo. Todos contentos”, Olof se masajea el mentón como si hubiera recibido un cross a la mandíbula.
“Es evidente que Wiona y Paralopus se conocían de antes. El griego finge no hablar inglés, ¿sabía usted eso?”, pregunto. Olof levanta la vista de golpe y me mira extrañado; al instante vuelve a mirar el piso, el ceño fruncido. “Detalle macabro: ya dentro del sauna, con la muchacha dormida, Paralopus da rienda suelta a sus instintos. Luego la ahoga. La pelea de los chinos con Amadeo y su posterior ausencia no estaban en el plan, pero vinieron a tenderles una mano extra para desviar la atención”; Olof sigue con la vista fija en el piso: “Lo que necesitamos ahora son pruebas, huellas de la caminata, algún indicio en el trayecto” agrego, para soltarle la lengua y espero su reacción. Medita en silencio. Al rato se levanta: “Ha nevado bastante, las huellas se borran” concluye y mueve apenas la comisura del labio en una sonrisa velada: “Es cierto que el griego finge no hablar inglés”, me informa desde la puerta, “en Mikonos trabajaba con turistas extranjeros. El dato nos ha llegado recién hoy desde Grecia. Era mi principal sospechoso”, admite, “el único del grupo con antecedentes penales”; se despide con una leve inclinación del torso y cierra la puerta.
La luz difusa del atardecer nublado entra por la ventana pequeña iluminando apenas los largos asientos adosados a la pared. Dibujo con la mente el cuerpo de Aki y ahora me acompaña su fantasma arrodillado. El cuadrado de agua negra, quieta, parece la pupila vigilante de un ojo deforme.

Lo imposible
Un artista

Un artista

Me he levantado de madrugada: necesito estar sólo; ordenar mi cabeza. Lars entra a la cabaña y se sorprende al verme mateando a esa hora. Deja las bandejas con la comida y cruzamos unas palabras cordiales en voz baja. Vuelvo a quedar solo, alumbrado por dos velas; me gusta trabajar así, la luz viva me acompaña.
Miro mi celular apagado: he desconectado el artefacto desde el principio para evitar posibles llamados de Amadeo seguro de que el teléfono estará intervenido.
A la luz de las velas, me cebo un mate cada tanto mientras estudio los papeles que me ha pasado Olof. Lo primero es la declaración de Hauna: me parece sincero, el típico turista que no quiere líos. Lo que me llama la atención es que no haya hecho referencia a su proyecto de los Encajes de Bruselas en Laponia.
Caliento agua y cambio la yerba. Son las cinco de la madrugada. Afuera sigue oscuro. Vuelvo a la mesa con el matecito humeante. Leo la declaración de Wiona y Paralopus: la patraña sobre el idioma no hace más que alimentar mis sospechas.
Los indicios se entrechocan en mi cabeza y algo empieza a crecerme por adentro; un algo todavía difuso se me presenta como una sombra, se perfila, quiere tomar cuerpo; lo persigo: por momentos son mis pensamientos los que marcan el rumbo, por momentos mi inconciente irrumpe con una idea alocada. Y cuando por fin abro los ojos, es como si hubiera vuelto al mundo de muy lejos, empapado de algo que es mío y a la vez no me pertenece. Ya no estoy sólo: he parido una hipótesis y ahora todo me parece tan claro, tan obvio... Sólo resta buscar las pruebas que confirmen la existencia de mi criatura, de la misma forma que el llanto da cuenta de la existencia de un recién nacido, de la misma forma que un libro impreso es prueba de la historia que contiene… Las llamas de las velas tiemblan sobre la mesa, la luz del día asoma en la ventana.

Agua negra
Latigazos de plasma

Latigazos de plasma

martes, marzo 21, 2006

Apoyado en la baranda del balcón, veo un fuego que arde a lo lejos: las llamas zigzaguean en la noche como un enjambre de culebras rojas. Serán las diez.
La voz gruesa de Lars me llega desde el piso de abajo; anuncia: “He encendido un fuego. La noche es propicia para la Aurora boreal. Haremos guardia. Hay café caliente”. Se oyen movimientos, cierto festejo apagado, pasos en la escalera. Hauna sale al balcón a contarme la novedad. Está entusiasmado: “De algo habrá servido toda esta patraña”, la papada le bailotea mientras me habla. Escucho la réplica de Melinda desde la pieza de al lado; dice que va a quedarse en la cabaña; no tiene ánimo; prefiere dormir.
Sobre un asiento largo de madera, sentados sobre pieles de reno y cubiertos por una gruesa manta térmica, Wiona, Paralopus y Hauna, en silencio, atisban el cielo despejado. A metros de ellos, de pie, frente al fuego, conversamos en voz baja con Monique y Lars: “Nunca pasó algo así en mi casa. Nunca”, Lars habla en inglés con tono monocorde, su entonación es distinta a la de los suecos —más cantarín todavía, agrega acentos, prolonga demasiado las vocales—. “Entré a la cabaña a las cuatro y media. El living estaba oscuro. Salía un haz de luz de abajo de la puerta del baño. Dejé sobre la mesa las bandejas con la comida para el día y cuando vuelvo a mirar, la luz ya se ha apagado”, Lars alimenta el fuego, mueve un leño y acomoda la pava que hace un buen rato se calienta entre las brasas: “Si entonces hubiera sospechado algo…”, se lamenta, “ahí dentro estaba el asesino”, nos mira con ojos extraviados, cómplices: estoy seguro de que no sospecha de nosotros.
“¿Cómo encontró el cuerpo?”, pregunta Monique, las palmas extendidas hacia el calor del fuego.
“Estaba por subirme al auto para volver a mi casa cuando veo a lo lejos el humo que sale de la chimenea del sauna. Me llamó la atención por la hora. Pensé que se habían olvidado la salamandra encendida. Cuando entro al sauna, el cuerpo de esa muchacha, cómo explicarles…”, se rasca la barba rubia, los ojos penetran el fuego como si quisieran arrancar de allí la frase justa, “de inmediato supe que estaba muerta. Me acerqué despacio, sigiloso, como si me estuviera acercando a alguna mariposa exótica. Apoyé la palma sobre la nuca y comprobé la falta de latidos”, Lars hace un silencio y mira al cielo, la media luna brillante es una intrusa en esa noche oscura salpicada de estrellas; le cuesta seguir, habla con voz cortada: “Aparté mi mano de golpe. Ese cuerpo helado... Pensé en moverla, en extenderla sobre el piso... Pero no pude. Esa piel blanquísima…”. El grito de Hauna nos arranca de las palabras de Lars y nos precipita hacia el cielo que ahora se ha transformado en una imposible danza blanca. Sobre nuestras cabezas, una forma gigante que lo abarca todo, se contornea y se sacude: es como un vapor luminoso que cambia de pronto hacia el rojo, al naranja; el cielo entero se ha llenado de ondulaciones violetas, luego púrpuras; la nebulosa cambia hacia el verde y se entremezcla con el gris, hasta que se instala definitivamente en un blanco inmaculado. Reverenciamos el cielo en absoluto silencio mientras observamos boquiabiertos ese fantasma gigante que flota sobre nuestras cabezas. Hasta que el cielo negro empieza a devorar la luz, la va diluyendo; desaparece.

Un artista
Camelo griego

Camelo griego

Olof irrumpe en el living cuando acabamos de almorzar. Es el turno de la declaración de Hauna.
El belga bufa en su asiento y se levanta desganado. No acepta la mano extendida de Olof. Se calza los guantes y la campera y los dos caminan por el sendero hacia la casucha sobre el lago.
Monique y Melinda juegan a las damas, recostadas sobre la alfombra; las manos van y vienen sobre el tablero, con movimientos lentísimos. Salgo a la galería.
Por primera vez desde que estamos en Laponia el día es claro y sin nubes; mucho frío, unos veinte bajo cero. A lo lejos veo a Wiona y Paralopus esquiando sobre el lago, escucho sus risas; Wiona tropieza y se pega un porrazo tremendo. Voy hacia ellos a ver si necesitan ayuda. No me ven llegar. A medida que me acerco escucho que Paralopus le dice que no se preocupe, que no es nada, un tobillo hinchado nada más, mi amorcito… habla en perfecto inglés, con acento raro pero fluido mientras le quita el esquí y le masajea el pie. Antes de que me vean giro y me escondo detrás de Popi.
Paralopus la lleva en brazos hacia la cabaña. “Hey, Paralopus, ¿qué le ha pasado a tu chica? ¿Necesitás ayuda?”, le pego el grito en inglés. Paralopus gira y se me queda mirando sin hablar.

Latigazos de plasma
Mandarina jugosita

Mandarina jugosita

La mañana gris discurre sobre el comedor. Echado en el sillón, la cabeza recostada sobre el apoyabrazos, medito y observo. Frente al hogar a leña, boca abajo sobre la alfombra, Monique lee un libro en francés: “Historia de la locura”, de Foucault; las llamas le pintan el rostro calmo con repiqueteos brillantes y sombras movedizas.
Paralopus ejecuta su rutina gimnástica en una esquina: ya ha hecho tres series de extensiones de brazos y ahora, boca arriba, las piernas flexionadas, va por la segunda de abdominales.
Wiona, sentada sobre las rodillas del griego, le sirve de contrapeso y cuenta con voz de pito: “eleven, twelve, thirteen...”. “Qué pasa, ¿el semental no sabe contar?”, suelta el dardo Monique.
Paralopus no ha entendido lo que ha dicho la francesa, pero ha visto el rostro descompuesto de Wiona y quiere saber más. La porrista lo contiene con un largo beso húmedo: “Es la envidia”, retruca, “algunas no saben retener a sus maridos”, lanza el misil y vuelve a su recitado: “fifteen, sixteen...”.
El rostro de Monique se ha transformado: es del mismo color de las brasas rojas, el libro le tiembla en las manos: “Yo me acosté con él antes que tí” suelta la bomba Monique y vuelve a su lectura, “nada del otro mundo”, remata; Wiona se ha levantado de un salto: “¡¿Es cierto eso?! ¡¿Es cierto?!” le grita al griego y como el hombre no entiende, Wiona señala a Monique, a él, y luego una muy elocuente graficación del coito. Paralopus habla en griego. Quiere justificarse pero no sabe cómo: a cualquier cristiano se le complicaría salir de ese berenjenal, aún usando toda la artillería verbal a su alcance; el pobre de Paralopus tiene que arreglárselas con nada: gestos e interjecciones.
Mientras se desarrolla esta escena me viene el recuerdo de la noche anterior al asesinato. La cama vacía del griego, mi suposición de que estaba con una de las yanquis —jamás hubiera pensado que estaba con Monique... “Quedate tranquila, chiquita. Era una broma”, susurra Monique, y Paralopus no sabe por qué, pero ahora Wiona lo abraza y lo llena de besos.
Miro hacia el techo, las manos sobre la nuca y pienso: “Monique, sos un misterio, un caso aparte. Mandarina jugosita: qué ganas de quitarte con cuidado esa cáscara amarga e irte desgajando de a uno los secretos”.

Camelo griego
Un resplandor opaco

Un resplandor opaco

lunes, marzo 20, 2006

El resto del día deambulo por la casa y lo que más me asombra es el semblante de Melinda: la sonrisa nerviosa y la crispación constante han dado paso a un andar lento, adormilado; mira hacia adentro y habla por lo bajo como si dialogara con algún ser imaginario. Olof interroga a Paralopus y Wiona.
Cuando anochece se viene a despedir.
Me comenta sobre los peritajes: El mate de Amadeo ha sido cargado con agua caliente cuando el cuerpo de Aki ya estaba sin vida. “¿Alguien se tomó un amargo contemplando el cuerpo de la chica?”, propongo; Olof asiente con desgano y continúa con su informe: los peritos no han encontrado preservativos, no hay huellas digitales; una cajita de fósforos flotaba en el agua junto a Aki, es de un bar en Uppsala; en un rincón, cerca de la salamandra, se ha encontrado el resto de un fósforo quemado; entre las cenizas, hojas de papel consumidas por el fuego en las que sólo se alcanzan a leer algunos ideogramas impresos, cosas sueltas, nada que aporte…”, aquí Olof se detiene y mira hacia el piso nevado. “Ya han librado orden de captura contra Amadeo”, me informa, con voz queda. Se muerde el labio. Quedamos en silencio. La luna apagada por las nubes cae sobre el lago helado y pinta el paisaje y nuestras ropas con un resplandor opaco.

Mandarina jugosita
Cosas que suenan bien

Cosas que suenan bien

Desayunamos con Hauna: “¿Y Amadeo?”, consulta el belga como al pasar mientras enmanteca un pan negro; el tono despreocupado resalta su sospecha. “Se ha ido a encontrar con alguien, no me dijo adónde”, informo, con el mismo tono fingido. Hay un silencio largo y luego el repiqueteo del chorro de café en mi taza. “Si no fue él, ¿quién entonces?”, aventura Hauna, el rostro rojo y duro. Lo miro para entenderlo. Parece que considera posible la inocencia de Amadeo. “No tengo ni la más puta idea”, concluyo, revuelvo mi café, “soy escritor, no detective”. Bebo un sorbo y el belga parece inflarse con la respiración profunda; sostiene el aire, los cachetes gordos como globos de cumpleaños. Exhala de golpe y con el aire le salen las palabras: ”Los escritores, los escritores…”, comenta con tono cantarín, “si pueden imaginar un asesinato, también pueden resolverlo”, deduce; me mira con sonrisa pícara y agrega: “Hablan de cosas que no existen como si fueran ciertas. Sus historias. Nada más inútil que un escritor. Con todo respeto se lo digo”.
Monique ha escuchado todo desde el living. Viene hacia la cocina cargando su bandeja. Se sienta a la mesa sin saludar y aporta: “Se equivoca”. “Aquí me ve: yo jamás he leído un libro”, se enorgullece el belga, “claro está, más allá de lo que nos obligaban en la escuela. Con la realidad me es suficiente. Para qué perder el tiempo en divagaciones de la imaginación”, el belga desafía a Monique que bebe un sorbo de café y contesta: “Si nos esforzamos lo suficiente podemos imaginar un mundo sin hambre, sin pobres, sin guerras, donde no haya dominados ni dominadores. Con la imaginación podemos pensar ese mundo y luego pelear para hacerlo posible. Ahí tiene una razón que seguro a usted lo tiene sin cuidado”.
Esta mujer no me deja de sorprender; se ha recogido el pelo largo con un moño; está emocionada por lo que ha dicho. Hauna se rasca la barba incipiente: “Bah, patrañas. Cosas que suenan bien”, dictamina, “lo que cuenta es que Aki ha muerto y estamos todos aquí, esperando como tontos, y su amigo Amadeo no aparece, y todos dudamos de él”.
“Yo no dudo de él” afirma Monique, refugiada tras el tazón de café: “Fueron Paralopus y Wiona: no me voy a cansar de repetirlo”.
“¿Por qué está tan segura?” pregunto y aguardo su respuesta con intriga.
“Aki y Wong fueron cloroformados. No sé mucho de estas cosas, pero es evidente que para hacer algo así se necesitan dos personas. Toda esa historia del campamento en la montaña, me suena a coartada para actuar sin sospechas”.
“¿Y qué ganan ellos con el asesinato?” replica Hauna.
“No lo sé” confiesa Monique y toma un pan de su bandeja.
“El móvil es lo más difícil de deducir en esta historia”, aporto, “mi larga experiencia me indica que sólo existen tres móviles para cualquier asesinato: dinero, amor o locura”.
Monique recoge mi pensamiento y avanza: “Veamos… Dinero: el único que podría beneficiarse de ello es su marido; lo mismo si se trata de un crimen pasional: los demás teníamos sólo un trato cordial con Aki, nada íntimo; la locura es la única que ensancha la lista”, me mira; retomo el hilo: “Si la locura entra a tallar en esta historia, ahí todos somos sospechosos. Un loco capaz de llevar adelante, de manera impecable, un asesinato tan arriesgado, seguro es capaz de disimular su locura”, concluyo. Y mi frase ha caído como una bomba sobre la mesa; cada uno piensa para adentro. Ya no hablamos.

Un resplandor opaco
No te puedo fallar

No te puedo fallar

Estoy cansado, los ojos cansados, no me quiero levantar. Hauna acaba de cerrar la puerta. Me han despertado sus pasos por la pieza donde ahora he quedado solo, boca arriba entre las sábanas. Ya clarea el sol en la ventana. Los ojos me pesan.
La cama vacía de Amadeo me llena de dolor y nostalgia. ¿Dónde se habrá metido? ¿Sabrá lo que ha pasado con Aki? ¿Qué ha visto Amadeo aquella noche?
Todos hablan sobre la agarrada que tuvo con Wong y Aki, de la disculpa que no aceptaba. ¿La habrás aceptado, Amadeo? ¿Qué hacían ahí tu termo y tu mate? Me gustaría que me contaras, que estuvieras ahora sentado al borde de tu cama, los pies chuecos, la mirada bonachona clavada en un rincón. Nunca has matado una mosca. Es un milagro que hayas llegado vivo hasta este punto: sin un poco de maldad no se puede sobrevivir; es lo que aprendemos desde chicos, es lo normal. Pero vos, Amadeo: gigantesco contraejemplo que nos tira a la mierda la teoría; y ahí debes estar, seguro, casi te veo, persiguiendo algún bicho bolita por el piso como si en eso te fuera la vida. Dónde te habrás metido.
Hoy no me quiero levantar pero hay tanto que hacer: mirar, atisbar en los rincones gestos y palabras, caminar distraído con la oreja atenta. Tengo que levantarme aunque no quiera, hermano: un, dos, tres. Arriba.

Cosas que suenan bien
Calma tras la tormenta

Calma tras la tormenta

domingo, marzo 19, 2006

Toda la tarde es una seguidilla de reconciliaciones y pedidos de disculpa. Un médico atiende a Melinda en la habitación de las chicas; Paralopus y Wiona descansan en el cuarto que supo albergar a la feliz pareja malograda.
Nos cruzamos con el belga en el balcón que da al bosque. Me tiende la mano. Estoy por rechazar el gesto, pero su ojo en compota me enternece. En silencio, apoyados los codos sobre la baranda de madera, miramos hacia el lago congelado. Los peritos van y vienen como hormigas alrededor de la casucha del sauna: cargan bolsas con muestras y objetos, rebuscan entre la nieve. Miro hacia el piso y me cruzo con la desgarbada figura de Popi. Sus inútiles ojos huecos han visto todo aquella noche, y ese oscuro privilegio vuelve a estimular mi repulsión hacia la absurda creación de Amadeo.
Bajo la escalera hacia el living: Olof toma café mientras estudia unas fotos del cadáver de Aki. Me acerco: “¿Alguna novedad?” pregunto, por lo bajo. Contesta sin mirarme: “Tuvo relaciones minutos antes de su muerte, hay signos de penetración. No fue forzada. No hay marcas en el cuerpo. Tampoco rastros de sémen”, hace una pausa, se frota el pelo corto con la palma de la mano; “murió ahogada, estaba adormecida con cloroformo; igual que su marido: el hombre sigue en el hospital, bajo el efecto de sedantes. Todavía no se le puede preguntar nada…” Interrumpe su charla abruptamente: alguien baja por la escalera.
Es Monique. Se acerca a la mesa y se detiene a mi costado. Olof cierra la carpeta de golpe pero ha quedado una foto fuera. Monique la toma con dulzura, como si el cuerpo delicado de Aki descansara entre sus manos: “Qué bella figura”, susurra, hipnotizada. Olof le arranca la foto de un tirón.
Cenamos a destiempo: primero Paralopus y las yanquis; después Hauna, solo, mascullando maldiciones entre bocado y bocado. Yo ceno último, con Monique sin intercambiar palabras. Luego todos flotamos por la casa sin un ruido, como espectros; hasta que el sueño nos va venciendo, nos arrastra.

No te puedo fallar
Los puntos sobre las íes

Los puntos sobre las íes

“El caso es nuestro”, informa Olof, “accedieron a que investiguemos juntos, bajo mi tutela. Hay una sola condición: si el hecho toma estado público, Amadeo será declarado culpable”, informa; se calza los borceguíes y me hace una seña para que lo siga. Lo detengo, quedamos frente a frente: “Te debo una, hermano”, nos miramos en silencio. Olof amaga una sonrisa. Quiere responder al gesto pero no sabe cómo: “Vamos” concluye, y arranca hacia la calle con zancadas de gigante; lo sigo de lejos, tambaleando de la emoción, con paso lento. Llegamos a la cabaña al mediodía.
Todo es un revuelo: Melinda chilla y patalea desparramada sobre la mesa; Monique vocifera insultos en francés agazapada en un rincón; Hauna se pelea con el policía rubio: “¡Esto es un atropello! ¡Mi abogado está en camino! ¡Me van a oir! ¡Me van a oir!”; Paralopus y Wiona, abrazados sobre el sofá, tienen la expresión resignada y perdida de los trasnochados.
Olof intenta apaciguar los ánimos. Alza los brazos en el aire y sugiere: “Hay que mantener la calma. Los iré interrogando uno por uno”, la declaración ha silenciado a todos: “Hay que recoger pruebas, esperar los resultados de la autopsia. No llevará mucho. A lo sumo una semana” (“No era momento para largar ese muerto”, pienso, “. Le falta tacto al Olof”): Melinda se desmaya y Hauna se me viene al humo: “¡Este hijo de puta y su amigote! ¿Dónde está su amigo?”. Paralopus lo ataja del cuello y lo contiene con fuerza. Hauna es un volcán, le tiembla la papada.
“Fueron el griego calentón y la porrista” aporta Monique, siseando desde su rincón como una yarará. “¡Puta!” replica Wiona y se abalanza sobre la francesita, se tironean de las mechas, hay mordiscos y arañazos, ruedan por el piso; el policía rubio intenta separar a las chicas; Paralopus le hace respiración boca a boca a Melinda; aprovecho el revuelo para abarajar al belga: “calmate un poco vos, ¿eh?”, lo mido un segundo y le zampo un cross a la mandíbula: cae como un muñeco.
Olof pega un tiro al aire —el disparo estalla sobre la batahola y el living es de pronto un cuadro detenido—, luego informa, calmo: “O se comportan como gente civilizada, o la investigación la hacemos tras las rejas”.
“¡Ya era hora, hermano, de que pusieras los puntos sobre las íes!” pienso, mientras sello mi venganza con un puntapié rastrero sobre el rostro de Hauna.

Calma tras la tormenta
De coté

De coté

(hoy, 29 de marzo, ya todo ha pasado: vuelvo a activar el blog y a publicar mi verdad sobre esta incomprensible salvajada; prepárense compañeros: la realidad siempre supera a la ficción)

El gigantón de Olof irrumpe en el despacho a las siete de la mañana; hace media hora que estoy despierto, sentado sobre el escritorio, meditando. Entra y cierra la puerta con llave: “Me han informado todo. Su ayudante es el principal sospechoso”.
Lo miro sin contestar. Me sorprende el tono prepotente. Sostenemos la mirada en un mutuo reproche silencioso. “¿Y usted qué piensa?”, le abarajo la pregunta sin un pestañeo. “Pienso que su ayudante está en problemas. Antes de que la prensa se entere, quieren tenerlo todo solucionado. Las pruebas sugieren a Amadeo: quieren un culpable y lo tienen”, se frota el pelo corto, mira el piso. “¿Piensa que fue él?”, le lanzo la pregunta a la cara; la mano se le detiene sobre el cráneo, los ojos enormes, extraviados. “No fue él. Ni usted. De eso estoy seguro. No son asesinos”. La respuesta me devuelve la sangre al cuerpo (si el Olof no me patea en contra, hay una luz de esperanza). “Pero eso hay que probarlo”, dictamina; se sienta en el sillón amplio y se quita los borceguíes de cuero negro; apoya los pies sobre el escritorio a mi costado. “¿Alguna idea?”, me desafía, cortante pero sin malicia. “Déjeme encabezar la investigación. Puedo encontrar al asesino”, afirmo, sin mover el cuerpo, sin exagerar la confianza. “Hay que convencerlos a ellos. Eso es primero”, replica y me vuelve a pasar la pelota (la tomo de rastrón, la levanto, le pego de bolea): “Este papel. La letra es de Amadeo. Es fácil probarlo”, despliego el papelito con la nota de Amadeo: “¿usted lo llamó para activar el Operativo Araña Congelada?”, consulto. “Sí: a la una y cuarenta y cinco de la madrugada. Aki fue asesinada una hora y cinco minutos más tarde” (me abre cancha, avanzo con pelota dominada): “aquí tenemos un motivo para justificar la ausencia de Amadeo. Está cumpliendo con el plan. Por eso ha dejado la cabaña. Usted puede dar fe de eso” (la pelota va hacia el arco, con destino incierto). Olof me mira con sus ojos de oso somnoliento, se frota el pelo: “No es mala idea, aunque me estaría jugando el puesto, y la carrera”, (el arquero manotea y da rebote, la pelota queda picando en el área; la agarro en el aire, de coté, de un latigazo): “nadie en la cabaña sabe que soy detective. Sólo Lars está al tanto. Puede enviarme de vuelta con ellos, no sospecharán que los espío. Allí veré las cosas desde adentro, cada mirada, cada palabra, cada gesto”, (la pelota revienta la red y casi puedo escuchar el festejo de la hinchada); Olof asiente con la cabeza, quedamente: sé que le gustaría abrazarme, festejar, gritar conmigo, pero también sé que su nórdico temperamento le impide tal exceso. Suelta una sonrisa glacial, toma la nota de Amadeo y camina hacia la puerta: “Veremos”, concluye y dobla en el pasillo hacia la oficina del comisario.

Los puntos sobre las íes
Que Dios nos ayude

Que Dios nos ayude

sábado, marzo 18, 2006

Por razones de seguridad, desconectaré el blog hasta que todo se haya aclarado. Igualmente, no dejaré de tomar notas en mi cuaderno de tapa dura. Cuando todo vuelva a la normalidad, iré transcribiendo los sucesos día a día, desde mi cuaderno hacia el blog.
Como la luz de las estrellas (que nos llega mucho después, incluso cuando las estrellas ya han muerto), ustedes irán leyendo las peripecias de mis días cuando yo ya esté viviendo otros. Quizá, en algún momento, tenga el tiempo suficiente para publicarlo todo de un tirón: entonces volveremos a compartir el mismo tiempo; o, quién sabe, estemos condenados a encontrarnos con atraso; o a no encontrarnos más… No sé como va a terminar todo esto. Que Dios nos ayude.

De coté
Aki

Aki

Me despierta una voz suave. Abro los ojos. Tengo a Lars a mi costado: me hace una seña para que lo acompañe: “silencio, lo espero abajo”, susurra y desparece por la puerta como una sombra más en la madrugada. Son las cinco. Aún no ha amanecido.
Me refriego los ojos sentado al borde de la cama. Miro alrededor: Hauna ronca como un rinoceronte enfurecido; la cama del griego, intacta, igual que la de Amadeo. Hay una nota sobre su almohada: “Jefe, comienza el operativo Araña Congelada”. "El comienzo del fin", pienso.
Cuando aparezco en el living, Lars me mira con ojos turbios: “Abríguese y venga conmigo”, me ordena; espera afuera mientras me calzo la campera y los guantes.
Avanzamos por el sendero hacia el lago. Popi sonríe con su boca enorme, una zanahoria en la nariz, los ojos son dos huecos negros; a sus pies, las velas aún titilan dentro de los farolitos chinos. La luz rojiza que parpadea sobre el cuerpo monstruoso parece insuflarle un hálito de vida siniestra.
“Ha sucedido algo terrible, muy terrible”, Lars camina con la vista fija en el piso, se rasca el pelo blanco. Cuando llegamos al sauna sobre el lago abre la puerta y me mira con ojos severos: “No entre”, me detiene del brazo cuando amago con avanzar dentro de la casucha de madera, “mire desde aquí”, ordena, sin soltarme el brazo.
Un aire cálido y húmedo me empapa la cara. Dentro de la salamandra hay leños ardiendo y una fosforescencia roja fluye a través del vidrio de la portezuela inundando el ambiente con luces caprichosas. Sobre el piso de listones de madera, boca abajo, yace el cuerpo desnudo de Aki, la cabeza y los brazos hacia delante, sumergidos dentro de un agujero en el piso. “Está muerta”, dictamina Lars, “no entre. He llamado a la policía. Usted sabrá entender: cuestión de jurisdicciones”, se disculpa y me suelta al fin el brazo. Asiento con un gesto comprensivo. “¿Ese agujero en el piso?”, pregunto. “Da al lago. Es para darse un chapuzón helado cuando uno está hirviendo por el calor del sauna; hay que sumergirse apenas unos segundos y volver a salir al calor. Es bueno para la circulación”.
“Pobre muchacha” digo, con la voz quebrada por el desconcierto, “qué muerte horrible, le debe haber explotado el cerebro. ¿Y su marido?”.
“Duerme como un lirón. No quise despertarlo aún. No sé cómo darle la noticia”.
La luz rojiza de la salamandra rebota sobre el cuadrado de agua proyectando ondulaciones anaranjadas sobre las paredes de madera. La cabeza de Aki está sumergida hasta la altura de la nuca; una cajita de fósforos flota en el agua quieta. La forma en que se encuentra el cuerpo de la muchacha recuerda a una posición de yoga: boca abajo, arrodillada, el delicado abdomen reposa sobre los muslos blanquísimos; la espalda arqueada forma una curva descendente que termina dentro del agujero donde la cabeza y los brazos se pierden en el agua; la base de los glúteos se apoya en los talones, la cola hacia arriba…
“Le pido me disculpe”, dice Lars, con tono doliente y cierra la puerta, “esperaremos en la cabaña”.
Al rato llegan dos policías jóvenes. Uno tiene el pelo amarillo de tan rubio, el otro la cara picada de viruela. Hablan en sueco con Lars. Me acerco y les explico mi situación, les muestro credenciales y documentos. “Es un episodio confuso”, me contesta el rubio, “puede acompañarnos, pero no podrá tocar nada”, concede. El de la cara picada va hacia la casucha de madera con Lars, el otro me pide que lo acompañe a darle la noticia a Wong.
Prendemos la luz: el chino duerme profundamente. Le hablo para despertarlo, pero no reacciona; el rubio lo sacude. Nada. Le toma el pulso: “Está vivo, parece desmayado”, se alegra. Me agacho para agarrar un pañuelo que yace en el piso, a un costado de la cama; el policía me detiene con un gesto. Me disculpo. “No es nada”, acepta mientras recoge el pañuelo con su mano enguantada. Lo huele: “Cloroformo”, afirma. Toma otro pañuelo idéntico que descansa sobre la almohada. Guarda los dos pañuelos en bolsitas de plástico y llama a la ambulancia por radio.
La primera en despertarse es Monique. Como si llorara para adentro, gimotea sin hacer ruido en el rellano de la escalera y me abraza con fuerza. Al rato aparece Melinda, justo cuando los enfermeros bajan a Wong en camilla: patalea y salta en su lugar, suelta una andanada de grititos histéricos y se encierra en la habitación dando un portazo. Hauna aparece con su pijama a lunares rojos y el bonete con pompón rosado. Bosteza con la boca enorme. “¿Qué pasa en esta casa?”, pregunta, indignado. Monique le explica entre sollozos. “Una desgracia. Esto es una desgracia”, aporta su brillante conclusión el belga.
Bajo las escaleras. En el living me recibe el policía de la cara picada: “Mi compañero se quedará para asegurarse de que nadie salga de la casa”, afirma y me lanza una pregunta: “¿puede usted acompañarme al departamento de policía? Necesito que hable con mi superior”.
“Claro, será un honor colaborar con ustedes en el esclarecimiento del hecho”, acepto, entusiasmado. El policía me mira con el rostro helado, los hoyos de la cara parecen pequeños cráteres glaciales: “Por eso quiero que hablemos con el jefe. Le pido que me comprenda. Es una situación difícil. Por lo pronto todos son sospechosos de asesinato. Incluido su ayudante, que según tengo entendido no se encuentra en la casa”. “Tampoco Paralopus y Wiona”, reacciono instintivamente ante la acusación velada. “¿Reconoce esto?”, me pregunta mientras alza ante mis ojos una bolsita de plástico cerrada al vacío. “Claro que sí. Son el termo y el mate de Amadeo”; “Estaban dentro del sauna, apoyados sobre el asiento de madera. La hierba dentro del cuenco de madera está húmeda y tibia”. “Mate se llama eso: mate”, repito, y toda la sangre me baja a los pies de golpe: “Arañita, fue el Arañita” pienso “justo cuando estamos por atraparlo, pasamos con Amadeo al banquillo de los acusados. Pero algo no encaja: demasiado arriesgado meterse en la casa, dormir a los chinos con cloroformo, dejar el termo y el mate; y esa muerte: demasiado aparatosa”. Subo al patrullero. Dos camilleros alzan el cuerpo sin vida de Aki. Mientras nos alejamos, veo a Wong por el espejo retrovisor: echado sobre el hombro de un enfermero dormita en el asiento delantero de la ambulancia.
En la seccional se me pide gentilmente que aguarde la llegada de Olof. No estoy detenido. Como señal de buena voluntad me dejan usar Internet y hablar con quien quiera. En el despacho que me han asignado tomo notas sin parar toda la tarde: posibles móviles del asesinato, sospechosos, coartadas.
Cada tanto la imagen de Aki me ataca como una visión de ultratumba: su cuerpo estirado sobre el piso de madera, esos pies finos, de muñeca, su silueta delicada, fantasmal, blanca… y esos brazos estirados hacia delante: parecía que rezaba.

Que Dios nos ayude
Un dios enajenado

Un dios enajenado

viernes, marzo 17, 2006

Sueño que voy manejando un auto a toda velocidad sobre el lago congelado, es noche cerrada, sólo la luz de los faroles ilumina la nieve. Miro a mi costado: en el asiento del acompañante, Popi ríe con carcajadas roncas; me clava sus ojos perversos; quiero frenar pero no puedo; me abraza con su enorme cuerpo helado; me congelo, no puedo respirar, la cabeza me revienta del frío. Con un sacudón salgo de la pesadilla.
Dentro de la habitación apenas distingo las camas: Amadeo, Hauna… falta Paralopus. Miro el reloj: las cuatro de la madrugada, "¿en qué andará metido el griego? Seguro con alguna de las yanquis"; miro hacia el bosque oscuro: no hay luna, apenas se distingue un resplandor apagado y los contornos rectos de los pinos. Me vuelvo a dormir.
La mañana pasa rápido: ayudo a Lars a cortar leña y tomo notas antes del almuerzo. Durante la sobremesa, Hauna me cuenta que ha decidido dejar su Bélgica natal para instalar en Laponia una fábrica de encajes de Bruselas. “En dos años seré millonario”, concluye, con enorme sonrisa satisfecha, luego de narrarme su inverosímil estudio de mercado.
“No es mala idea”, miento, más que nada para no romperle la ilusión que le aflora en sus cachetes enrojecidos. Es la primera vez que lo veo sonreír.
Al rato aparecen Aki y Wong. Hablan en chino, con interjecciones y gritos, no se entiende nada pero es evidente que discuten por algo, airadamente, pero sonriendo. Wong se acerca al sillón bajo el ventanal donde ahora le estoy contando a Hauna el argumento de mi próxima novela: una de detectives que voy improvisando sobre la marcha. “¿Problemas con la patrona?”, le pregunto a Wong para introducirlo a la charla. Me mira desconcertado. “Anduvimos en las motos de nieve por el bosque. Bueno, bueno, muy bueno”, enfatiza y asiente con la cabeza.
A la tarde jugamos al ajedrez con Amadeo. Ensayo una complicada variante sobre la apertura Francesa que termina en desastre; en la décima movida ya he perdido la reina y un alfil. Me levanto para ir al baño: sin querer tiro el tablero y las piezas se desparraman por el piso. Empezamos una nueva partida: gano sin demasiado esfuerzo.
A la cena somos siete; faltan Wiona y Paralopus. Melinda comenta que se han ido a la excursión “Noche Boreal en el Bosque”: un sami te lleva en trineo hasta un campamento en medio de la montaña, con provisiones y leña para pasar la noche; allí te deja en una toldería acondicionada con pieles de reno; te vuelve a buscar al mediodía.
Monique lanza tosesitas maledicentes y me mira con sonrisa glacial mientras dice: “Parece que la sesión de sauna se pospondrá hasta mañana”. Amadeo se entusiasma y asegura que él puede hacerlo funcionar, que no es complicado, que el griego le ha mostrado sus dibujos. Resultado: tres horas en malla sentados como idiotas en la casucha de madera sobre el lago; hace calor, pero en vez de los sesenta grados que debe alcanzar el ambiente, no pasamos de los veinte; a las once de la noche volvemos los siete puteando en todos los idiomas.
Congelados, caminamos por el sendero de vuelta a la cabaña. Amadeo viene explicando que algo anduvo mal con la salamandra, que faltó leña, que el dibujo estaba claro, la pequeña Aki lo para en seco, lanza una frase cortante en chino, esta vez no sonríe, me da miedo que le lance una toma de karate. Intercedo. Wong tira una patada voladora que alcanzo a cortar en el aire. La yanqui empieza a los gritos. Entre Hauna y la francesa calman los ánimos.
Ya en la cabaña todo vuelve a la normalidad. Wong y Aki se disculpan, “no es nada, los ánimos se caldearon”, acepto. Pero Amadeo está emperrado y no acepta las disculpas. Se calza la campera, el gorro y los guantes y se va a trabajar en su creación horrorosa.
Aki y Wong lo siguen. A través de la ventana creo comprender que le piden perdón a su manera: han encendido dos farolitos chinos y arrodillados, las piernas desnudas sobre la nieve, recitan canciones orientales con voz queda. Amadeo los ingora. Sigue moldeando la cara de Popi como un dios enajenado.
Así están las cosas cuando me voy a dormir.

Aki
The final countdown

The final countdown

jueves, marzo 16, 2006

Todavía está oscuro cuando despierto. En mi pieza todos duermen. Bajo al living.
“Bon jour” me saluda Monique con voz seca desde la cocina; me dedica una sonrisa corta y vuelve a concentrarse en su tazón humeante. Está sentada bien derecha, los hombros tiesos: “Una postura recta es lo más importante en la vida”, habla en inglés, mira hacia fuera por la ventana, “la columna, es importante que esté recta cuando uno se sienta”, explica y vuelve a tomar su taza. “Seguro”, acepto, no muy convencido, mientras desenvuelvo mi desayuno: un tostado de pan negro, cargado de fiambre y queso derretido; un pote con tirabuzones de manteca y mermelada de grosellas. Me sirvo café de un termo.
“Dicen que el sauna finlandés es bueno para la piel: desintoxica”, comenta Monique, se limpia los labios finos con una servilleta de papel.
“Parece que mañana por la noche vamos a tener una sesión”, le comento, “Paralopus le ha pedido a Lars que le explique como funciona”.
“Ese griego…, no me extraña que esté interesado en el sauna. Quiere vernos en bikini”. El comentario filoso me descoloca. “Es un buen muchacho”, acoto, dándole pie a Monique para que se explaye mientras yo le entro al sánguche con ganas.
“Está que hierve, ya me pellizcó el trasero dos veces, ¡la próxima me va a oír!”.
“Es la sangre del Mediterráneo”, aporto, con la boca llena.
“Y eso qué, yo también tengo sangre latina pero sé moderar mis instintos. Qué se creé el muy semental, yo no soy como esas dos porristas bombacha floja”, temblequea, parece un robot en cortocircuito “si me vuelve a tocar le, le…” duda, estudia la mesa como buscando palabras, “le clavo un cuchillo en la mano, eso, se lo clavo”. Aprieta con fuerza el cuchillo enmantecado entre sus dedos finos. La observo extrañado, mi vaso de café suspendido en el aire: esta mina es un volcán.
“Disculpe, es que ese hombre…” los puntos suspensivos caen sobre la mesa como un pedido de ayuda; salgo al cruce: “No se preocupe, Monique; estas cosas pasan”, agradece mi piedad con una sonrisa y pestañea, los labios finos han vuelto a su rictus amable y congelado.
Bebo en silencio. Me pregunto cuántos años tendrá: es de esas mujeres de edad indescifrable, la piel lisa, sin arrugas, lindo cuerpo pero hay algo que no cuadra en el semblante.
“¿Viaja sola?”, le pregunto, como al pasar. “Sí, así es mejor. Me separé antes de salir de viaje”
Mierda, esta mujer es una caja de Pandora.
“Andaba con la secretaria”, concluye.
Desayunamos en silencio. Una tensa calma se sostiene en el aire. Al rato sale para la excursión a la Mina de Hierro.
La calma del ambiente me invita a la reflexión. Alimento la salamandra y miro hacia el bosque. Las primeras luces pintan el cielo de rosa y celeste. El lago congelado es un gigantesco ojo blanco entre los árboles.
A la tarde pesco un rato —un decir: no picaron ni una vez—; veo a Amadeo a lo lejos: sigue amontonando nieve en su mamotreto horrible. Antes de que oscurezca hacemos un fueguito y mateamos en silencio. Luego cenamos los nueve en la cabaña.
Paralopus está entusiasmadísimo con el asunto del sauna finlandés. Para explicarnos hace dibujos y mil sonidos incomprensibles; la francesa me mira con ojos de víbora; Hauna lava los platos; Monique y la parejita de chinos se van a dormir.
Con el griego, las dos yanquis y Amadeo jugamos al Karaoké. Paralopus nos regala una versión insoportable de “The final countdown”: hace los ruiditos del teclado y la guitarra. La nota de color es cuando se abre la camisa hawaina y termina la canción refregándose el pecho peludo. Demasiado. Me voy a dormir. Mientras subo la escalera escucho a las porristas que aplauden y pegan grititos de ardillas histéricas.

Un dios enajenado
Popi

Popi

miércoles, marzo 15, 2006

La mañana del sábado nos despedimos de la familia; y los tres hijitos se han encariñado tanto con Amadeo que lloran a moco tendido cuando se dan cuenta de que estamos por irnos. Amadeo les canta un bolero y los pibes dejan de llorar. El padre aprovecha para preparar los perros de tiro y el trineo.
Al rato nos deslizamos sobre la nieve con velocidad y gracia. Los perros avanzan como flotando, con la lengua afuera, a través de un bosque que es una postal navideña. Llegamos a la cabaña de Lars al mediodía. Los perros ladran como locos pero al segundo están felices de volver a correr por la nieve.
Desde entonces estamos aquí, en el albergue a orillas del lago congelado, elaborando el plan para el día clave. El sábado y el domingo tuvimos todo el lugar para nosotros. Me dediqué más que nada a transcribir este informe de mi cuaderno de notas hacia el blog. Desde el lunes compartimos la cabaña con los demás turistas.
Hicimos un par de excursiones para no despertar sospechas. Los días pasan tranquilos. Pescamos en agujeros en la nieve o esquiamos a campo traviesa o por el bosque. Ya en la cama, leo o tomo anotaciones. A veces jugamos a alguna cosa con los otros en el living: a las cartas, juegos de mesa después de la cena; se arman charlas piolas, son gente amable… salvo las dos yanquis: insoportables; hablan con voz de pito y creen que tenemos que atenderlas como si fueran reinas: no lavan los platos, ni limpian nada, ni levantan la mesa.
Me olvidaba de la nota de color de Amadeo: está construyendo un muñeco de nieve gigante. Una cosa deforme de cuatro metros de alto. Lo llama Popi.

The final countdown
Sea pastor de renos por un día

Sea pastor de renos por un día

Aún no me he despabilado del todo cuando llegamos a Kiruna. El borracho sigue durmiendo; los estudiantes no están, tampoco sus mochilas; la mujer rellena una revista de palabras cruzadas. Me calzo la campera impermeable, el pasamontañas y los guantes. Agarro la mochila y avanzo hacia la salida. Allí espero hasta que el tren se detiene. Bajo hacia el andén, el frío pegándome en la cara.
Es una mañana luminosa, la nieve en el piso refleja la luz y me hace pestañear; no hay viento, son las doce del mediodía. El tren se aleja.
Sobre el andén, le doy la espalda a la estación y miro el paisaje. Las montañas blancas dominan el panorama (Olof me ha contado que albergan una mina de hierro gigante, con galerías que recorren la ciudad por debajo y amenazan con derrumbarla); más allá, las diez aspas blancas de los generadores eólicos cortan el horizonte en hilera y giran con el viento como ventiladores monumentales. Varias estatuas de hielo, de unos cinco metros de altura, dominan el paisaje sobre una planicie nevada: un oso polar; una mujer con su hijo; un espiral; una composición de cuadrados encastrados… Siento que estoy frente a un paisaje inventado, una visión fantástica de novela del futuro.
Luego de subir una lomada llego a la ruta donde comienza el centro de la ciudad. Mientras avanzo por las callecitas, frente a los negocios, veo estatuas de hielo. Me saco los guantes y acaricio la superficie de una con forma de pingüino: es suave al tacto, no tan frío como esperaba, húmedo y resbaladizo como la panza de un pescado.
En la seccional, me presento ante el agente de turno. Olof ya ha hablado con él por teléfono y es por eso que ya está todo listo: copias de las planillas de los hoteles, de las excursiones, de los alquileres de autos. El comisario me asigna un escritorio y allí desenfundo el mate y el termo. Mientras van bajando los amargos, estudio la caligrafía de los papeles. Ya es de noche cuando doy con la inconfundible letra de Amadeo que ha firmado como “Pocho La Pantera”, con un garabato infame y un número de documento inventado. Es la planilla de una empresa de turismo. Ha contratado la excursión “Sea pastor de renos por un día”, hace una semana; según los registros no ha vuelto de la montaña.
Le explico la situación al comisario y el hombre llama de inmediato a la empresa de turismo. Lo escucho hablar en sueco y parece que son amigos porque hace chistes y se ríe. Cuelga y me explica en inglés: “Su amigo se hizo llamar Pocho, decía ser un cantante de boleros retirado, hizo buenas migas con el dueño de la granja que lo invitó a quedarse allí con su familia. No sabe más de él”.
Paso la noche del jueves en un hotel de la ciudad, modesto y cómodo. Duermo como un rey en la cama doble. Desayuno bien abundante: yogur con cereales, café con leche, jugo de naranja y unos sánguches de queso de cabra. El comisario viene a buscarme a las once.
Prefiero no contar más detalles sobre lo que he hablado con este hombre. Algunos indicios que ya venía barajando y cierta charla que tuve luego con Amadeo me han puesto sobre la pista de Arañita. Es una pista firme, más que una corazonada es una verdad que me palpita en el puño cerrado como una polilla enfurecida.
En la granja de los samis me recibieron como uno más de la familia. Pasamos la noche del viernes, hasta bien entrada la madrugada, charlando con Amadeo sobre nuestros respectivos avances en la investigación. Le cuento sobre mi deducción y se sorprende, él mismo estaba pensando en algo parecido. Juntos llegamos a la deducción final.

Popi
Viaje en tren

Viaje en tren

El miércoles pasado, antes de tomar el tren, paso por el Orientaliskt a visitar a la cajera. Me atiende un hombre con mostachones negros y cejas abultadas: “La chica no está, ni va a estar, se ha tomado licencia”, es todo lo que dice el morocho. Me mira un instante con gesto desconfiado: “¿Por qué la busca? Es mi hija”.
Le invento que había quedado debiendo cinco coronas, que ella me había fiado, qué gentil su hija… “démelas a mí” me interrumpe y extiende la palma marrón hacia arriba.
Le dejo la moneda y agradezco con sonrisa torcida. El tipo me mira con su cara de roca mientras me alejo.
Acodado a la barra del bar de la estación, me tomo un cafecito doble sin azúcar y repaso mentalmente el mensaje de la chica. Me extraña el corte abrupto, la repentina ausencia; “Acá hay olor a muerto”, concluyo. Consulto mi reloj: ya es hora de que me vaya arrimando al andén.
En la plataforma hay otras cinco personas esperando; una pantalla digital cuelga del techo: esfuerzo la vista y leo las letras negras: “onsdag 8 mar 2006, –3ºC, 18:45”. El tren llega al andén con un silbido eléctrico suave, como de pava hirviendo.
Me toca un asiento de tres, del lado de la ventanilla: a mi derecha, una mujer rubia con cara de oficinista retirada; el asiento del pasillo, libre; separado por una mesita angosta de fórmica, frente a nosotros, hay otro asiento de tres: dos pibes con pinta de estudiantes de secundaria charlan en sueco; del lado del pasillo, un pelado mofletudo lee el diario con parsimonia, los pies enfundados en calcetines rojos. El tren arranca.
Una mujer gorda vestida con gamulán azul viene bamboleando por el pasillo mientras repite en voz alta una misma frase incomprensible. Cuando pasa frente a mi asiento se detiene y me mira: no hace falta ser detective para darse cuenta de que es la boletera.
Le extiendo mi pasaje, lo estudia y me lo devuelve. Se despide moviendo la cabeza. La puerta automática se abre frente a ella y hay un nuevo resoplido cuando la puerta de vidrio se cierra a sus espaldas.
Miro por la ventanilla: en la oscuridad se distingue el blanco lechoso de la nieve y las siluetas de los pinos apenas insinuadas por la luz de la luna. Apoyo la cabeza en la ventana y entrecierro los ojos. El rumor de la charla de los estudiantes me arrulla con su cantinela de sílabas sin sentido: me gusta el sonido de las palabras en sueco, me gusta escuchar aunque no entienda (Es un cantito que sube y baja: hay palabras cortantes, para adentro, y otras largas, con varios acentos, que hacen que el hablar parezca un viboreo; a veces suena a chino o japonés, pero menos bochinchero; otras veces suena a alemán pero más dulce). En algún momento de ese hablar que es para mí canción de cuna, me duermo, la sien apoyada contra la ventana fría.
Me despierta un sacudón. Miro hacia fuera: el tren está parado en medio de la nada. Pestañeo y miro alrededor: el pelado no está, la mujer duerme con la boca abierta, los dos pibes juegan a las cartas en silencio.
Vuelvo a mirar hacia fuera: todo oscuro salvo el cuadrado de luz que proyectan las ventanillas sobre la nieve. Se escucha el siseo de un tren que pasa por la otra vía. Después todo es silencio. El tren vuelve a arrancar. Me desperezo en el asiento estirando las patas como un gato remolón; muevo el cuello en círculos, las cervicales resuenan con chasquidos sordos; miro el reloj: las doce. “Que siestita te echaste”, pienso, satisfecho, y apoyo la espalda recta contra el asiento. Agarro mi mochila de abajo del asiento y busco el informe de Arañita que me ha enviado la Bonaerense.
“Distintas versiones sobre el origen del apodo”, dice el título de la carpeta. Dentro hay cuatro hojas, una por cada testimonio: Versión de El Pardo; Versión de Toti; Versión de El Rengo; Versión de La Colorada.
Cierro el informe un tanto confundido y anoto en mi cuaderno: “Las cuatro versiones, aunque complementarias, difícilmente se ajusten al verdadero origen del apodo. Se me ocurre que hay algo esencial y profundo, algo que sólo conocen el Arañita y aquel que lo bautizó por vez primera: algún amigo de la infancia, quizá un pariente. Sugestionados por el apodo que conocían de antemano, los demás han visto lo que querían ver.”
Lo nombrado adquiere la forma de su nombre. La palabra tiene un poder generador, de cincel que esculpe la forma que le ha dado origen: ¿Qué es primero? ¿El huevo o la gallina? Conozco un tipo que se apellida Barco: es ingeniero naval. Estas cosas me obsesionan.
“Necesito la clave de este apodo”, pienso, y vuelvo a mirar alrededor.
Todo sigue igual: el asiento del pelado mofletudo, vacío; los pibes juegan a las cartas; la mujer ha cerrado la boca y ahora duerme acurrucada.
Tengo hambre. Me pregunto si el vagón comedor estará abierto. Despacio, de costado, la cadera pegada a la mesita de fórmica doy pasitos cortos, arrastrando los pies para no despertar a la mujer. Pero es inútil. La rozo apenas con las nalgas y la mina pestañea como perdida; me mira un segundo, gira en su asiento y vuelve a cerrar los ojos.
La puerta vidriada se abre sola delante de mí. Paso al vagón siguiente. Todos duermen. El rezongo del mecanismo de la puerta automática despierta a un barbudo que me mira con ojos cansados, lánguidos, como si yo fuera la imagen de un sueño que prosigue en el vagón. Atravieso el pasillo sin un ruido.
En el descanso entre los vagones me detengo un instante y miro hacia fuera por el vidrio de la puerta. Los árboles pasan veloces, sombras oscuras sin color. Hay un cartel pegado a la puerta del vagón comedor que dice el horario de atención: cerró hace dos horas.
A través del vidrio, veo las mesas vacías con manteles azules y el piso alfombrado con rombos bordó; al final del vagón, una mujer habla con un hombre. Están lejos y hay poca luz, pero se ve que discuten o algo así. La mujer hace ademanes con las manos; el hombre, de pie, apoyado contra la pared, se tambalea frente a ella. Esfuerzo la vista. Reconozco en ese hombre al pelado mofletudo de los calcetines rojos.
Dejo de espiar y me apoyo contra la pared de fórmica ocre, escuchando el ruido del tren que es apenas un silbido calmo, constante, sin fisuras. Recuerdo con melancolía el traqueteo monumental y chirriante del tren a Misiones que tomamos con la Petisa en nuestras primeras vacaciones juntos. Me viene una imagen: su pelo largo, casi blanco de tan rubio, desparramado sobre el pasto, está mirando el cielo con los ojos abiertos de par en par y no me ve llegar, me le aparezco por arriba como un pedazo de cielo que se le cuela en la panorámica; pestañea, dos, tres veces, no dice una palabra y me sonríe, apenas…
El soplido de la puerta que se abre me arranca del recuerdo. El pelado mofletudo ha entrado en el habitáculo y el vaho a alcohol que arrastra llena el ambiente con su olor rancio. Me mira con ojos vidriosos y me abraza como si fuéramos amigos de toda la vida. Lloriquea y me dice cosas en sueco. No entiendo nada. Pero no hace falta. Habla el idioma universal de los borrachos: sólo quiere que alguien lo escuche y esté cerca un rato mientras él monologa su verdad sobre la vida. Deshace el abrazo de golpe y señala hacia fuera, por la ventana, el ceño fruncido. Se apoya en la pared frente a mí. Habla sin parar con tono solemne, la voz pastosa y húmeda. Lo dejo hablar. Asiento con la cabeza hasta que hace una pregunta y queda callado. Se bambolea, a la espera de mi respuesta. Eructa.
Le explico en inglés que no hablo su idioma, que si quiere puede hablarme en inglés. Me vuelve a abrazar. Me suelta al segundo. Parece que se ha acordado de algo importantísimo —sonríe como un chico, los ojos le brillan— y arranca con un nuevo discurso en sueco, ahora plagado de gesticulaciones y risas traviesas. Me mira cada tanto y asiente con la cabeza; yo río cuando el ríe y sacudo la cabeza cuando me hace una pregunta.
Al rato se ha echado al piso, lloriquea, las manos cubriéndole el rostro. Le palmeo el hombro varias veces. “Está todo bien, no pasa nada, compadre”, le digo en castellano. Vuelvo a palmearle el hombro. Ha entrado en la fase del bajón, cuando es necesario estar bien sólo para regodearse en la autocompasión y la lástima. Me despido. Abro la puerta y salgo hacia el vagón.
Atravieso los pasillos en silencio.
En mi vagón todos duermen. Me acomodo sin despertar a nadie y apoyo la cabeza contra la ventana. Así estoy una media hora, mirando hacia la nada, la cabeza en blanco, hasta que la puerta vidriada escupe un soplido y aparece el borracho escoltado por el guardia que lo deposita en su asiento. Los demás siguen durmiendo. El hombre mira hacia el piso, apenado. Al rato levanta la vista y se sorprende al verme despierto. Me hace un gesto mínimo, una mezcla de sonrisa doliente y saludo con la palma de la mano. Cierra los párpados con fuerza y así se queda, hasta que el semblante se relaja y se duerme, desinflado sobre el asiento. Al rato yo también me duermo y no volveré a despertarme hasta bien entrada la mañana.

Sea pastor de renos por un día
Decí alpiste

Decí alpiste

Amadeo ya está conmigo. Lo encontré arriba de la montaña, paveando entre los renos. Ahí se quedó el muy fresco, casi una semana —según él “estudiando una pista importantísima”.
Vamos a quedaremos varios días más en Laponia. Hemos dado con un rastro firme. Mucho más no voy a revelar por este medio: hasta acá llegó mi changüí; ya te siento el olor, Arañita. La suerte está echada. Que gane el mejor.

Nos estamos haciendo pasar por turistas. Desde el lunes compartimos un albergue en el bosque, a orillas del lago congelado, con otras siete personas: Aki y Wong, una parejita de chinos sonrientes tan amables y ordenados que da bronca; Monique, una francesa mojigata obsesionada con el sauna finlandés, cara de ángel y cuerpo de modelo; Paralopus, un griego tiro-al-aire que usa camisas hawaianas y escucha al mango música de los ochenta; Hauna, un belga callado y amable que siempre deja el inodoro sucio; y Wiona y Melinda, dos universitarias yanquis con cara de putonas.
Con Amadeo, Paralopus y Hauna, dormimos en una pieza grande, con camas marineras y una vista hermosa hacia el bosque de pinos nevados; Monique, Wiona y Melinda comparten la habitación de al lado; la parejita de chinos disfruta de la suite “Amor en Laponia”: una pieza amplia con cama doble y un par de sillones forrados en piel de reno. En la planta baja de la cabaña está el comedor grande con hogar a leña, la cocina y el baño.
Estoy usando la computadora de Lars, el dueño del albergue: un sami de lo más amable que nos ayuda en lo que puede. Viene cada mañana a dejarnos la comida para el día: tres bandejitas por persona —desayuno, almuerzo y cena—, envueltas en papel de aluminio.
La convivencia no es fácil, pero tampoco un infierno. Nos comunicamos en inglés salvo con Paralopus que se hace entender con señas e interjecciones.
Estaremos aquí por unos días; esperamos un llamado de Olof para comenzar con el operativo “Araña congelada”. Ya estamos listos para avanzar sobre la presa.
Arañita, decí alpiste: Perdiste.

(Les resumo los acontecimientos de la semana en las tres entradas que vienen abajo: ya soy todo un escritor, fíjense sino como he cuidado la redacción y las descripciones).

Viaje en tren
Un sacramento

Un sacramento

martes, marzo 07, 2006

A la tarde, pegado a la ventana, miro caer la nieve mientras me tomo unos mates calentitos. Acabo de terminar de leer el informe de la bonaerense. La cabeza me empieza a laburar. El personaje se me complejiza. Parece más piola de lo que pensaba (Quince años adentro por crimen pasional, se entregó solo. Antes había participado en robos muy pensados: En uno, cambian el auto blindado lleno de guita por una réplica que manejan por control remoto; en otro, se disfraza de cana y sale con la plata como pancho por su casa; en otro, maneja una ambulancia y en vez de llevarse a un lesionado de la Bombonera, se carga en la camilla toda la recaudación del superclásico. Los tres robos quedaron impunes. Se sabe de ellos por lo que ha contado Arañita a sus compañeros de celda. Las causas ya habían prescripto).
A la noche me encuentro con Olof: me da todo tipo de indicaciones sobre el clima en Kiruna y me presta un pasamontañas y unas botas altísimas.
Vuelvo a casa, pedaleando sobre la Sinforosa por las calles desiertas. Suena el celular. Es la cajera del Orientaliskt: habla rápido, la respiración cortada: “Un hombre compró doce kilos de yerba. Fue hace un mes, tenía una mochila enorme. Esa misma tarde salía en el tren hacia el Norte, bien al Norte. No puedo decirle más…”, la comunicación se corta abruptamente; enseguida marco el número que ha quedado guardado en la memoria: ocupado.
Ceno y preparo el bolso para mañana: meto el cuaderno de notas, una muda de ropa, el equipo de mate, comida para el viaje y la 45.
(Allá en Laponia no creo que encuentre lugar donde subir mis anotaciones a Internet. Quizá no sepan de mí por unos días. Espero encontrar a Amadeo pronto. Me parece que lo he subestimado: quién te dice anda tras la pista correcta. Igual no entiendo por qué no me avisó dónde iba).
Más tarde vuelvo a llamar a la chica: sigue dando ocupado. Mañana, antes de tomar el tren, voy a darme una vuelta por el negocio.
Recostado, alumbrado por la luz de una vela, escribo estas líneas en mi cuaderno: “Arañita, publico mi cuaderno en la Internet para que vos me leas; te estoy dando changüí, Arañita. Tengo ventajas que no me las gané en buena ley —tu foto, tu nombre, tus señas particulares—, me vinieron de arriba. Aparte, el campo de juego está de mi lado: si tratás de salir, te agarran en la frontera; si te quedás, se te complica demasiado: el lenguaje te deschava; hay pocos inmigrantes; pocas ciudades grandes. ¿Sabías eso, Arañita? Una persecución es un ritual. Un duelo de varones, con reglas de caballeros: por eso te bato mis movimientos, para ajustar la balanza. Toda persecución es un sacramento que no puede ensuciarse con ventajismos berretas”.

Decí alpiste
En el naipe del vivir

En el naipe del vivir

lunes, marzo 06, 2006


Me levanto a las ocho: acaba de amanecer, estoy de buen ánimo. Me ducho y pienso: “Arañita, perdiste la mano antes de recibir la baraja. Un tipo que se tiene que ir hasta la otra punta del mundo para esconderse, es un tipo que no sabe esconderse. Pensamiento de principiante. En cualquier momento pisás el palito, se te rompe la tela, se te escapa la mosca, Arañita”.
Salgo del baño enfundado en la toalla y voy a prepararme unos mates. No hay más yerba. Ni siquiera para secar.
En Uppsala hay un solo lugar donde se consigue nuestro sagrado elixir verde: Orientaliskt, un negocio regenteado por hindúes, frente a la estación, con productos indispensables para aquellos que estamos lejos del pago. Este boliche es como una embajada de los despatriados donde podés conseguir té de Sri Lanka, falafel, bananas brasileras, latas de conserva con nombres extrañísimos, hierbas del Líbano. Para allá enfilé pedaleando sobre la Sinforosa, emponchado como dios manda para una mañanita de diez grados bajo cero.
Cruzo la vía y a las dos cuadras ya llegué al negocio. Dejo la bici afuera y entro. Hay una música hindú que suena de fondo, dos o tres personas caminando entre las góndolas. Agarro dos paquetes de yerba y voy hacia la caja. Una mujer de piel aceitunada, con ojos negro-carbón, me dice: “Seventy kronors” (son setenta coronas que pago con un billete de mil).
Cuando la chica me está dando el fangote de billetes del vuelto, le cierro la mano sobre la plata. Los ojos se le vuelan. Mira para todos lados. Le explico en inglés: “Este dinero es para usted. Necesito saber todo lo que recuerde sobre los clientes que compran yerba”. Una jugada arriesgada: el ancho de espada de Aristóbulo García.
La mina se tranquilizó un poco cuando entendió el arreglo. Me dedicó una sonrisa y una inclinación de cabeza mientras se metía la plata y el papelito con mi número de teléfono en el bolsillo.
A la tarde me pongo en contacto con la Bonaerense y pido algunos datos sobre Arañita: más que nada información sobre sus compañeros de celda y contactos. Me informan que para mañana a media tarde me llegará el informe por e-mail.
Ceno temprano y miro un poco de tele: están pasando un resumen con lo mejor de los juegos Olímpicos de Invierno de Turín.
Lo que más me gusta son las parejas de patinaje sobre hielo: esas piruetas de a dos, da gusto verlos, tan cerca el uno del otro, se confían, se dejan llevar. Siempre está el miedo de que se caigan y se rompan el alma y ese riesgo hace que sea una especie de festejo cada vez que consiguen volver a encontrarse después de un giro perfecto, las sonrisas clavadas en el horizonte; y de nuevo se separan, dan una voltereta, y a uno le sube el miedo de que él falle en el abrazo, de que ella no lo ataje… Y se caía de maduro que me iba a venir al cuerpo el recuerdo de mi Petisa brava. Aunque hayan pasado todos estos años y aunque yo esté en la otra punta del mundo, todavía no encontré la forma de escapar de tu desdén: Petisa, no me supiste atajar y yo te fallé en el abrazo... Son cosas de la vida, pienso y se me hace un nudo en la garganta, fuerte, como una piedra: “en el naipe del vivir, para ganar, primero perdí…”, canto bajito, con voz cortada, para destrabar el llanto.

Un sacramento
Café Guevara

Café Guevara

domingo, marzo 05, 2006

En los setentas y ochentas, muchos latinoamericanos que escapaban de las dictaduras se exiliaban acá. La mayoría volvió a su tierra ni bien pudo. Otros echaron raíces. Olof me había contado que se reúnen los domingos en el Café Guevara.
Para allá encaré a eso de las cinco y media de la tarde. Nevaba, ya estaba oscureciendo. Desde el puentecito divisé el cartel, en la esquina de Gamla Torget, frente al río. Cuando llegué al café ya era noche cerrada.
El lugar estaba lleno de gente. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza negra en en sueco cocoliche: “Ett svart öl”. Se veía que el pibe de la barra era extranjero, aunque no daba la impresión de ser americano. Cuando me sirve la cerveza me habla en un castellano medio atravesado: “¿De dónde eres?”. “Argentina”, le contesto, todavía sorprendido porque reconociera mi lengua materna. Una sonrisa enorme se le dibuja en la cara. “Tengo una relación fuerte con tu país, lo llevo en el cuerpo”, me dice, se arremanga la camisa y me muestra un tatuaje del Che en el antebrazo. “¿Qué haces aquí?”, me pregunta; el pibe es amigable, tendrá unos treinta años. “Soy escritor”, contesto, y mientras me estrecha la mano con gran efusión, no dejo de sorprenderme por mi respuesta. Obviamente no iba a decir que era un investigador buscando a un chorro, pero hasta ese momento había pensado en otras profesiones-chasco que me sería más fácil interpretar sin problema: empleado administrativo (de adolescente trabajé en un estudio contable), profesor de castellano, mozo…
El pibe resultó ser kurdo, de nombre Kamal. Aunque nació acá, se reconoce kurdo.
Me cuenta que sus padres vinieron del Kurdistán a finales de los sesenta, en la época en que en Suecia se necesitaba mano de obra. "Pedían extranjeros a los gritos. Ahora olvídate: están más cerrados que culo de muñeca”, me dice y es obvio que esa frase la aprendió de un argentino, quizá un uruguayo.
Me cuenta lo del grupo de latinoamericanos que se reúne allí los domingos. “Hoy no vienen. Se fueron todos al Vasaloppet, hay uno loco chileno que participa. Entre todos armaron un equipo. Qué risa, son locos ustedes, os gusta meterse en líos”.
Termino mi cerveza y pido otra. El pibe va y viene, charla con otros clientes. Una embriaguez melancólica se me ha subido a la cabeza. Saludo a Kamal, a la distancia, con un gesto; el pibe se viene a mi lado y nos despedimos con un abrazo amistoso.
Salgo a la calle. Sigue nevando, pero ahora es una nieve suave. Me siento angustiado y solo. La luz de los faroles que rebota en el piso blanco hace que la calle brille. Los copos van cayendo despacito, suspendidos sobre las calles nevadas y se deshacen en la cara, en el pelo. Esa sensación liviana y la borrachera incipiente me han sensibilizado demasiado: una voz me habla por dentro y a la vez parece surgir del aire y de la nieve: “Tranquilo Aristóbulo, tranqui. Hay que saber dejarse llevar, cuando el viento es suave, hay que saber flotar en el aire”.

En el naipe del vivir
Diecisiete patadas en el orto

Diecisiete patadas en el orto

sábado, marzo 04, 2006

Hará mes y medio, estaba yo almorzando en mi oficina de Interpol Latin America, en Barcelona —donde he trabajado los últimos años—, cuando la secretaria me pasa un llamado. Cuando escuché el acento porteño empecé a temblar de la emoción: había estado esperando ese llamado como un chico en navidad. El Robo del Siglo, comentado en diarios y televisión del mundo entero: por un caso así he esperado toda mi vida.
Resumiendo: Durante el mediodía del trece de enero, seis ladrones entran armados a la sucursal de un banco en la provincia de Buenos Aires. Toman varios rehenes y cuando la policía ya ha rodeado el lugar, uno de ellos monta una parodia de negociación. Mientras tanto, los demás vacían ciento cuarenta y cinco cajas fuertes. A esta altura, afuera, los cientos de policías esperan que los delincuentes se entreguen. Están rodeados. No hay forma de que se escapen. Pero los minutos pasan y el negociador no vuelve a aparecer. A esa altura los seis se han escapado con el dinero y las joyas: un botín que se calcula en varios millones de dólares. Han hecho un boquete en la pared del subsuelo. El agujero desemboca en un túnel preparado por ellos mismos tres meses antes. Por el túnel llegan hasta un canal pluvial subterráneo que fluye a través de un caño enorme, de cinco metros de diámetro, bajo los pies de la policía. Escapan con el botín, navegando en botes inflables. Salen a la superficie a través de una alcantarilla, frente a una casa comprada para la ocasión. Un trabajo impecable. Hasta tuvieron la sutileza de construir un dique de contención para elevar el nivel del agua y facilitar la flotación de los botes.
La policía local estaba completamente perdida (y caliente): los ladrones se habían cortado solos, no había habido arreglo, no había datos. Encima, para el común de la gente, estos tipos eran como héroes. La Fuerza estaba quedando mal parada.
Lo que se había descubierto era gracias a la esposa de uno de los delincuentes. El tipo, cuando tuvo su parte del botín, se piantó con la amante. La esposa despechada los denunció y aportó datos. Ya hay cuatro engayolados: el Don Juan, su amante, un “ingeniero” y el cerebro de la banda. Se calcula que son doce en total. Varios se han fugado del país. Al que yo busco lo apodan “Arañita”: quince años adentro, siempre metido en robos millonarios, muy pensados; para entendidos.

Hoy por la mañana, mientras revisaba mis notas sobre el caso, recibo un llamado de Olof. Me cuenta que se ha comunicado con la seccional "Kiruna": ni rastros de Amadeo. He decidido ir a buscarlo. Esto se está pasando de castaño oscuro.
Almuerzo y salgo para la estación de trenes. Saco pasaje para el miércoles. En inglés (acá todos saben hablar en gringo), le pregunto al boletero cuántas horas dura el viaje; "No puede ser, escuché mal", pienso; vuelvo a preguntar; la misma respuesta: ¡Diecisiete patadas en el orto le voy a dar cuando lo encuentre!

Café Guevara
Solidaridad patuna

Solidaridad patuna

viernes, marzo 03, 2006

A la mañana hice poco. Salí a dar una vuelta: un cafecito en el centro, caminando piola, despacio. Ya casi no me duele: estoy a un ochenta por ciento.
Me reuní con el Olof al mediodía, charlamos sobre bueyes perdidos y un rato sobre las novedades del caso. Me pasó la dirección de un negocio dónde venden yerba. El último paquete ya se me está acabando y el que tenía de reserva se lo llevó Amadeo. El salame sigue sin dar señales de vida.
Estoy metido en una nueva versión del viejo juego del gato y el ratón: semejante tarea —que puede ser un verdadero suplicio para un inspector mediocre— es para mí un juego delicado donde hay que desmontar pieza por pieza, con la serenidad y la precisión de un relojero. No hay que andar por ahí a lo bonzo, preguntando estupideces. Hay que estudiar la mente del que escapa, meterse adentro de su cabeza, caminar con sus zapatos. Él solito te va a ir llevando. Aunque crea que se está escapando, su subconsciente quiere que lo agarres.
A la tarde volví para casa caminando por el costado del río. Es una belleza, una postal, con puentecitos cada tanto y unos árboles gigantes con lucecitas blancas.
Hay partes en que el río es puro hielo. ¡Qué cosa triste los patos en el río congelado! Los ves caminando arriba del hielo, como perdidos. Un poco me siento como ellos: fuera de mi hábitat.
Me dieron lástima y les compré unas galletitas. Pobres cristos, estarían cagados de hambre; se mandaron todo en dos segundos.

Diecisiete patadas en el orto
Cosas de maricas y comunistas

Cosas de maricas y comunistas

jueves, marzo 02, 2006

Hoy no tuve ánimo de nada. Me desperté tarde. A veces me viene el bajón por estar tan lejos; estoy sensibilizado, como borracho, con ganas de mirarme para adentro y soltar la lengua. Siempre me gustó tomar notas de mis casos: impresiones, detalles, con recortes de diario y hasta con fotos; a veces hasta me parece que disfruto más pegando papelitos y anotando mis historias que con el caso en sí. Es un amor especial que le tengo a estos cuadernos: los llevo a todos lados. Y ahora esto de tener tiempo, solo, en medio de la nieve. Me estoy poniendo viejo, parece. A esta altura ya tendría que estar pintando canas, separado, con un par de hijos. Pero ni planté un árbol, ni tuve un hijo, ni escribí un libro: nunca me llevé bien con la naturaleza; el pibe, bueno, eso nunca se sabe; lo del libro se ve que es algo que me quedó atragantado por mi viejo. Una vez, a los quince, encontró un cuaderno con mis cuentos y poesías: "¡Estas son cosas de maricas y comunistas!" pegó el grito mi viejo y el libro me lo quemó en el asado del domingo. Nunca más volví a escribir. Salvo mis cuadernos de notas. Y ahora esto. Lo primero que publico.

Solidaridad patuna
Pojken hoppar

Pojken hoppar

miércoles, marzo 01, 2006


A las nueve en punto, otra vez el Olof con sus golpes monumentales en la puerta. "Que se cague", pensé, abriendo apenas los ojitos desde el sofá. Insistidor el hombre, como diez minutos dale que dale. Ni mamado le iba a dar el gusto de verme en la lona.
A media mañana suena el celular. Gritando del dolor me arrastré como pude hasta la mesita de luz. Era Amadeo. No se entendía nada: había interferencia y un ruido como de viento huracanado. Apenas alcancé a agarrar sílabas entrecortadas: “...ha... un frío …e ..agarse…; Estoy …los samis…; so…omo…esquim…”. Como veinte veces le pregunté dónde mierda estaba; la señal iba y venía. Escuché algo parecido a “iruna”. La señal se perdió.
Amagué con levantarme pero el dolor me volvió a tumbar. Apenas pude ir hasta la cocina a preparar unos mates. Cargué el termo y llevé la bandeja con víveres hasta el sofá. No me moví el resto del día.
Busqué “iruna” en internet. Lo más parecido que encontré es “Kiruna”: es en Laponia, arriba del Círculo Polar Ártico. Para que se den una idea, hay un hotel construído con bloques de hielo... Es donde el Diablo perdió el poncho y de congelado que estaba empezó con el curro de Papá Noel.
No entiendo qué mierda hace Amadeo en medio de la nieve: Ya lo veo pelotudeando con los esquimales, haciendo muñequitos de nieve y pescando en un agujero en el hielo. Hay veces que no entiendo por qué lo sigo bancando; más de un profesional del arte detectivesto me ha ofrecido reemplazarlo como ayudante. Debe ser la costumbre.
El resto del día me la pasé boludeando por internet y repasando un CD interactivo que el gigantón de Olof me pasó por abajo de la puerta. Es un curso de sueco.
Está bueno: cada pantalla te muestra cuatro fotitos mientras una voz lee lo que está escrito. Hay que marcar con el mouse la foto que corresponde a lo que dijo el tipo. Si la pegás, suena un violin muy suave; si la pifiás, una especie de bocina horrible. Me ayudó a pasar el día y aprendí cosas utilísimas como “bilen är rod” (el auto es rojo), “en flicka och en häst” (una nena y un caballo) o “fågeln flyger” (la gaviota vuela). El que más me gusta es “Pojken hoppar”: significa “el niño salta”. Me gusta por como suena: “póiken jóppar”.

Cosas de maricas y comunistas
Todo congelado

Todo congelado

martes, febrero 28, 2006

Acá en Uppsala hay bicicletas hasta en la sopa. Te asomás a la ventana y ves doscientasmil bicicletas estacionadas en la vereda; lo que son las coincidencias del destino: mi primer gran caso tuvo que ver con un ciclista.
Hoy me despertaron unos golpazos en la puerta. Era mi par sueco: Olof Eriksson. Entró y se sacó los borceguíes (acá todos andan en pata adentro de las casas): todavía no me acostumbro a este asunto, en mi barrio son los mocositos los que andan en pata, no gente grande; imaginensé un padre de familia arrastrando las medias como un crío.
"Vamos a lago", me dijo Olof con gran sonrisa. "Al lago", lo corregí mientras me calzaba la campera y los guantes. Olof movía la cabeza para arriba y para abajo.
La comunicación con esta gente es muy difícil. En el fondo es mejor, uno se ahorra de hablar de boludeces: de la nieve, del mal tiempo… Pero a veces te llevás cada sorpresa. Como hoy cuando llegamos al bendito lago.
Lo mínimo que esperaba era ver un poco de agua. Bueno, resulta que no. En vez de agua hay hielo. Yo me venía oliendo algo raro cuando vi los dos pares de patines en el asiento de atrás.
Al principio empecé a las puteadas: que ni loco, que a ver si el hielo se rompe y nos cagamos congelando. El Olof, ni bola: se calzó sus patines e hizo un gesto con los hombros como diciendo: "Menefräga", eso sí, con esa sonrisa amable que tiene pegada todo el día.
Al rato me cansé de estar al pedo y me calcé los patines. El Olof me miró con sonrisa sobradora. No le di el gusto de que me explique: "Dejá, yo sé, yo sé", le dije y me lo saqué de encima. Y no sé de dónde, pero era como si hubiera patinado toda la vida. Al rato estaba en el medio del lago, yendo y viniendo que daba gusto. Hasta que me pegué el primer gran porrazo.
Fue como si la intuición se me hubiera borrado de golpe.
Trataba de volver a andar pero pataleaba como un salame y de nuevo de cara al piso. Encima me empezó a agarrar un miedo terrible de que el lago se iba a partir y que me iba a ir a pique. Me veía como el salame de Di Caprio en Titanic, nomás me faltaba la gorda con voz de pito flotando arriba de una madera y gritando "Jack, Jack…".
Todo terminó en un papelón rotundo. Dos pibitos me llevaron hasta la orilla. El tarado de Olof ni siquiera hizo un comentario: sólo su amable sonrisita de viking-malevo-del-novecientos todo el camino de vuelta. Me bajé y cerré la puerta del auto de un golpazo.
Amadeo sigue sin dar señales de vida. Mañana tengo un par de entrevistas con testigos e informantes. Si Amadeo no aparece voy a tener que suspender el operativo.
Me duele todo. Hace tres horas que estoy en el sofá, tratando de levantarme para ir al baño. Lo único que falta es que me haga pis encima.
Algo positivo: terminé de escribir el caso de "El ciclista serial".

Pojken hoppar
Un asadito en Uppsala

Un asadito en Uppsala

lunes, febrero 27, 2006

Está nevando. Hace tres semanas que me estoy cagando de frío. La investigación se complica. No entiendo en qué hablan estos cristianos. Amadeo está perdido.
Hace una semana que espero instrucciones. Por primera vez en mi vida tengo tiempo para escribir. Voy a ir publicando mi cuaderno de notas y mis casos más resonantes. Esos que me han catapultado desde mi despacho de la Bonaerense en la lejana seccional Lomas de Zamora hasta mi puesto como Jefe de Investigaciones Interpol Latin America.
Estoy terminando de escribir el caso de El Ciclista Serial. Mañana lo publico.
Me muero por un asadito como dios manda. Acá comen cualquier cosa menos asado.

Todo congelado